Una conversación [o algo parecido] con Juan Carlos Quindós [I]

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Arquitectura por formación y fotografía por vocación, quizá al revés o quizá ninguna de las dos cosas. Urbano y callejero, los ojos de Juan Carlos Quindós (Valladolid, 1977) no dejan de posarse en cada rincón de la ciudad en la que esté viviendo, con la sensación de que quizá nadie haya reparado en la casual composición de luces y sombras de los objetos que observa, y por eso tiene la necesidad de retratarlos. Ha vivido en Valladolid, Barcelona, Madrid, Catania… y sus numerosos viajes le han permitido encontrarse con otras muchas ciudades.

Actualmente trabaja en la documentación fotográfica del Museo Nacional de Escultura, en Valladolid, y lo compagina con su trabajo de fotografía arquitectónica, así como con su fotografía espontánea mientras camina por las calles.

Ya adelanto que no es posible comprimir en una sola entrada una conversación con Juan Carlos, pero espero que sirva para que los que no le conozcáis podáis hacerlo, aunque sea sólo un poco. Esta entrada (y la siguiente) es un resumen de una conversación, con el trasfondo de la actual exposición de su obra en la tienda ILIONE, en Valladolid, titulada ILL STREET BLUES.

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Podéis ver parte de la obra de Juan Carlos Quindós aquí y aquí

CCAD.- ¿Cómo te presentarías a tí mismo? ¿Arquitectura, fotografía…ambas cosas…ninguna…?

 JCQ.- Más bien, literalmente, ninguna de las dos [risas]. Ser ninguna tiene también sus ventajas, da mucha libertad, aunque dice el refrán que el que mucho abarca… pero bueno, todos los refranes tiene su parte de verdad corroborada y su parte de mentira consensuada. En mi caso creo que el tipo de cosas a las que me dedico se suman, no se restan, o al menos se complementan. En cualquier caso, mi formación es arquitectónica, espacial, y la fotográfica esencialmente autodidacta viene de una afición que poco a poco, por circunstancias, por suerte, he podido convertir en mi modo de vida. De hecho la fotografía es una derivación de una necesidad de expresión gráfica, del dibujo, que siempre he tenido y que al final me llevaron de forma natural a la arquitectura, del mismo modo que las fotografías surgieron de la necesidad de relatar, de comprender y analizar las Arquitecturas que visitaba y que por tiempo y efectividad ya no apuntaba a mano en el cuaderno de viaje. De hecho, hace poco hicimos un taller fotográfico en la escuela de Arquitectura e Ingeniería de Covilhà y la primera imagen que puse fue un dibujo de campo, porque para mí viene de ahí, del grafismo de la mano. Por eso digo que son disciplinas que se van arrastrando la una a la otra en primera instancia aún jugando cada una en ligas bastante diferenciadas.

CCAD.- ¿Entiendes la fotografía de arquitectura entonces no solo como un fin, como una narración a posteriori, sino como un medio más?

JCQ.- Me interesa muchísimo la fotografía como herramienta activa dentro del proceso del proyecto, como parte del desarrollo, o incluso como germen inicial del que empezar a tirar hilos. Si me apuras, en mi caso es de aquí exactamente de donde sale mi afición. Cada vez que nos daban un enunciado, siempre el tema del sitio, el encontrar de alguna forma el espíritu del lugar, sus constantes formales, sus texturas, sus relaciones con las personas que los habitan, la memoria de las construcciones a las que sustituirá, etc,…para mí era la manera de trabajar en una primera fase. El dibujo, con toda su enorme capacidad en estos casos se me quedaba corto, justo porque se pasaba de largo, siempre eran demasiado intencionados, y en una etapa inicial prefiero aferrarme a algo más tangible. La fotografía es por supuesto muy subjetiva, pero su carácter eminentemente documental, el llevar “verdad” en su adn aunque sea de forma difusa a nosotros los proyectistas nos da una seguridad sobre la que apoyar el vértigo del papel en blanco. Como herramienta de análisis nos ayuda mucho. Pero como posible origen de la diagnosis es impagable.

CCAD.- Vamos viendo imágenes en la proyección mientras hablamos y observo que, aunque pasadas por tu filtro, por tu encuadre, se puede apreciar que muestras realidades, sin muchos maquillajes. ¿Cómo valoras el uso de la infografía, con todos los trucos y trampas que podemos ver en cualquier concurso?

JCQ.- Creo que son lenguajes diferentes pero que cada vez más van convergiendo. Al menos una parte de la infografía arquitectónica va a ir por el camino de dar un carácter lo más documental posible, de ser un poco más “realista” entre comillas, con los peligros que eso implica sobre todo si te empiezas a creer tus propias fábulas. pero pasa lo mismo en Fotografía, es decir, al final mentiroso se es siempre, por definición no puedes no serlo, o sea que al final el tema es el matiz, la cantidad de mentira que hay y sobre todo la intención de verdad que hay por debajo. Por ejemplo, las imágenes que he seleccionado para esta proyección en Ilione, son todas en blanco y negro: pues ya estamos partiendo de una base que es una gran manipulación mentirosa. Lo que creo es que cuando el artificio está dirigido hacia una expresión, y esa expresión es sincera, el producto final también lo es, o al menos se contagia. Evidentemente no puedo ser categórico con estos temas y todo tiene su parte de verdad y de mentira. Aún así no me gusta que ese artificio domine sobre el sujeto fotografiado, me parece más honesto intentar mostrar más que demostrar. Luego también tengo otras obras más singulares, como la imagen que encabeza la exposición, que se basan en todo lo contrario, en una manipulación brutal, en una síntesis fotográfica, en cuyo caso el objetivo es el mismo pero del revés, con mucho trabajo de maquillaje para que el collage no se perciba como tal.

La infografía yo intento verla como una extensión ampliada y muy versátil del dibujo arquitectónico, y nosotros que hemos empezado en “la vieja escuela” sabemos que incluso haciendo planos a rótring [entre risas recuerda haber sido uno de los últimos de nuestra generación en entregar proyectos dibujados a mano] se pueden dar muchísimos matices. Pero ojo, no todos, y por eso es fácil caer en la comodidad del registro que ya dominas lo cual es un suicidio creativo. La autocomplacencia y la repetición es pecado mortal, y como fotógrafo también tienes todas las papeletas para caer en ella, no hay más que dar una ojeada a esos retratos pornográficos de niños tercermundistas o esos HDR enlatados que inundan la red y los palmarés de los concursos…

CCAD.- Hay en la actualidad un debate muy fuerte sobre lo formal en la arquitectura. ¿Qué importancia crees que tiene la dominación de la forma en la arquitectura?

JCQ.- Su dominio, imprescindible. Justo para poder superarlo. Hemos sido educados en la Escuela de Valladolid donde se da mucha importancia a la forma justificada, o mejor, las formas que se autojustifican. Eso está muy bien y programáticamente tiene sentido, pero el funcionalismo como dogma no deja de ser una simplificación de factores que engalanan la ecuación pero no enriquecen el resultado por sí mismas. El mejor funcionalismo de los maestros modernos que hemos “mamado” en las escuelas nunca lo es de forma pura, inmaculada, porque si lo fuera carecería de interés. Sólo un ingeniero es capaz de diseñar con esa frialdad, y lo paradójico de todo esto es que justo esa falta de ambición, a veces trasciende en formas-fuerza estéticamente mucho más poderosas que como mínimo las arquitecturas pretenciosas y a medio fuelle que inundan la ciudad, esto es algo que ya demostraron magistralmente el matrimonio Becher con sus series de fotos sobre el patrimonio postindustrial alemán. Yo en este aspecto tengo una contradicción: La forma, la geometría en un sentido amplio me obsesiona y me seduce, me siento cómodo allí, pero la arquitectura tiene unas implicaciones sociales y económicas tan importantes que no debieran estar basadas exclusivamente en caprichos formales de un autor, especialmente si el talento “formal-expresivo” del mismo es más que discutible, como en el caso de muchos de los excesos formales de estas tres décadas pasadas, donde dicen que había mucha forma y poco fondo. Yo lo que digo es que ni siquiera había mucha forma, que encima es ya lo grave. Una “boutade” de Enric Miralles es tolerable, una macarrada de Calatrava es insoportable.

Y al revés, la forma debe y puede estar llena de fondo a otros muchos niveles: de relaciones, a nivel lingüístico, narrativo, cultural, de analogías, tecnológico, irónico incluso, etc, que se traducen en determinadas configuraciones espaciales. En última instancia, en el mejor de los casos, aspectos puramente geométricos pueden ser fines en sí mismos que nos hablan de la estructura profunda del mundo, a un nivel poético, estructural, de esencia, y a eso sólo están llamados unos pocos, se me ocurre Carlo Scarpa y Pablo Palazuelo por ejemplo.

CCAD.- Esta exposición se titula “Ill street blues” ¿Está enferma la calle?

JCQ.- Estas fotos están tomadas en diferentes ciudades. Me interesa el hecho de que hay características espaciales que se repiten en una y otra, da igual la ciudad. Hay un hilo de conexión en la Ciudad cada vez más genérica y continua que habitamos, una especie de blues, una secuencia lenta y un poco quejumbrosa que no puedo evitar dejar de fotografiar también para evidenciar los pequeños gestos, las grietas micro-locales que hacen de la excepción regla. El hecho de que esté enferma es una evidencia absoluta, y que sea un mal menor de la gran creación humana que es la ciudad la emparenta con el resto de infamias históricas sobre las que se cimenta nuestra civilización, con el mal como excusa del bien (o a veces ni eso) como la gran constante. Tenemos que ser más humildes, mirarla y mirarnos de frente si no queremos transformarla en un enfermo terminal. Recuerdo que Leopoldo Uría decía que eran necesarios más catálogos de desastres urbanos que las revistas de Glamour constructivo que devoramos, y no puedo estar más de acuerdo.

—–fin de la primera parte—–

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