Una conversación [o algo parecido] con Juan Carlos Quindós [II]

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Seguimos con la segunda y última parte [por ahora] de esta conversación con el fotógrafo Juan Carlos Quindós. Os recuerdo que podéis ver parte de la obra de Juan Carlos Quindós aquíaquí.

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CCAD.- ¿Por qué motivo nunca hay gente en tus fotos (o casi nunca)?

 JCQ.- Es más bien casi nunca, circunstancial. No suelo encontrar situaciones en las cuales la ciudad que yo experimento día a día, las cosas que me interesa contar, las cuente mejor la gente en esos espacios que los espacios mismos. Sobre todo no son necesarias, pero eso no las hace para mí menos humanas. Están ahí como sujetos omitidos de la acción que se muestra. Además la ciudad es una obra colectiva que hacemos todos, y yo no puedo, no sé, fotografiar a todos en una sola imagen, aunque prometo intentarlo [risas]… Tengo además un pudor quizá superado por la mayor parte de mis compañeros que se traduce en un un escrúpulo a la hora de hacer “robados” de gente desconocida, aunque debo decir que la fotografía que más admiro y respeto es la social,  de raíz fotoperiodística. Incluso entre mis fotos a las que más cariño les tengo, en todo caso pocas, tienen que ver con este acercamiento.

CCAD.- ¿Quizá por la implicación que conlleva la fotografía social, con la situación? ¿Qué implicación tienes con la ciudad que retratas?

JCQ.- Soy espectador lo primero, “soy turista de interior”, pero me implico en la situación. O mejor dicho, la situación se implica conmigo, y cuando algo me interesa lo percibo como un escalofrío ajeno que me llama. De otra forma directamente no me molestaría en sacar la cámara. Bueno, no, miento, a veces el escalofrío se da en la pantalla del ordenador, a posteriori. Por eso suelo llevar siempre cámaras ligeras conmigo, más o menos pequeñas, al menos para el estándar de la fotografía de paisaje habitual. Los modos son del fotoperiodismo rápido, pero las formas son de la fotografía arquitectónica lenta. Afortunadamente la tecnología digital ha llegado al punto de no tener que renunciar a calidad a cambio de tamaño como está demostrando el estándar micro-cuatro-tercios o las compactas de alta gama. Que sea una foto improvisada no quiere decir que no te tomes tu tiempo para componer la imagen, aplomar el horizonte, esperar un poco a que la luz mejore, derechear el histograma, etc… Creo que para fotografiar gente en la ciudad hay que encontrar momentos mucho más especiales, y yo me encuentro con menos de esos, simplemente. Cuando tengo alguno, repito, son los mejores.

CCAD.- ¿Crees que en la arquitectura falta ese tiempo a la hora de pensar el proyecto?

JCQ.- Absolutamente. De hecho una cosa que me preocupa es que el cambio en el paradigma constructivo en términos generales en realidad sólo ha ampliado significativamente la normativa, una vasta y a veces basta galaxia de exigencias y trámites que no se han traducido para nada en los primeros y decisivos pasos del proyecto, con notables excepciones.

Antes, con cinco planos en din A3 tenías un proyecto, que bien dibujado podía llevarse a cabo, y ahí están, no se han caído. Lo importante es que tenías una fase de desarrollo que era relativamente proporcionada al tiempo que tenías antes siquiera de dibujar nada y proporcional al tiempo que eso iba a estar en la ciudad. Ese tiempo de maduración y decantación antes de decir nada, de hablar al pairo, era algo consensuado y consustancial a la profesión, también y simétricamente con sus dolorosas excepciones. Antes de la llegada de Autocad te pensabas muy mucho los proyectos antes de dibujarlos, antes de tomar ninguna decisión, muchas veces por lo incómodo que resultaba cambiar nada si no estaba “correcto” de primeras. La Reflexión era mayor y seguramente más profunda. No exagero si digo que hay proyectos y lo que es más grave, urbanizaciones completas, que están pensados en los diez minutos en que tardas en abrir el archivo y efectuar un control-uve. Un trabajo bastante rentable, por otra parte. Si la respuesta es así de inmediata el exabrupto está casi asegurado, pero ya nos hemos acostumbrado a ello y con los honorarios o los sueldos que percibimos ya no estamos dispuestos a regalar más tiempo de nuestras vidas a causas, encima, perdidas. El arquitecto ya no quiere, no puede, darse cuenta de lo trágico que es su trabajo, sería insoportable. Es un trabajo muy bello, muy valiente, pero muy duro, porque estamos poniendo ahí elementos que quedan casi indelebles. Y lo siento, las arquitecturas efímeras o temporales que podrían ser tan saludables justo por ello no llegan ni al 1% del “parque constructivo” existente. Cada vez que pones un objeto en la ciudad es un jaque mate, es un tatuaje a cuatro tintas. A eso me dedico actualmente, a documentarlos, y tengo la suerte de ver Arquitecturas muy dignas en mi aspecto más profesional que alivian el peso de enfrentarse a la ciudad “tatuada” en bruto. Y mala cosa si lo que te han puesto en el brazo es una caligrafía Tribal hortera, que más pronto que tarde te vas a arrepentir. No quiero decir con esto que todo lo que se hacía antes fuera buena arquitectura, para nada, pero sí que había una mayor consciencia de sus efectos, de igual forma que hacer algo bueno a día de hoy es realmente meritorio.

CCAD.- Ahora somos capaces de adaptarnos muy rápido a muchos cambios, convivir con tecnologías hace años completamente impensables, sin embargo en la arquitectura no se aceptan igualmente estos cambios.

JCQ.- Sí, es increíble que te pueda gustar cómo está diseñado un iPhone y a la vez te guste vivir en una casa con balaústres de piedra artificial. Está claro que hay un problema en el modo en el que se enseña la historia del Arte y de la Arquitectura y hay mucho desconocimiento de la disciplina. Tanto se habla del Gótico, del Románico, de los estilos, en definitiva, de lo que no hay que hablar, que lo fundamental queda en el tintero, y así es difícil, porque luchas contra un clima sociocultural muy arraigado, especialmente aquí, en España, en Castilla y León, en Valladolid, donde el feísmo más desvergonzado campa a sus anchas.

Luego por otro lado está el problema del confort. Ni firmitas, ni venustas, ni nada: el confort, o el carácter primario de abrigo que debe tener la arquitectura, es lo primero, y la arquitectura moderna ha pasado de ello aunque suene reaccionario decirlo. No importa lo  brillante que sea formal o espacialmente, si no son confortables no hay nada que hacer, y no nos engañemos a nosotros mismos ni a los demás, no van a ser entendidas por el usuario medio. Hace poco le oí decir algo parecido a Ignacio Paricio en una entrevista. A lo mejor no es justo porque a casi ninguna disciplina se le exige tanto como a la arquitectura, pero tienes que saber a qué estás jugando, la gente no es tonta, y cuando no están cómodos en un espacio no tardan en decirlo.

Hoy, después de comer con unos amigos hemos estado tomando café en una taberna irlandesa: el paraíso del mega-kitsch, todo falsedad, una oda al atrezzo y al cartón piedra… pues no veas qué cómodos estábamos todos. Yo luchaba contra esa sensación, pero era real. Es un ejemplo extremo de arquitectura del detritus que cubre su indignidad con algunos elementos de confort mejor que la moderna cafetería de al lado, y con eso le es suficiente. El problema es que hay factores de ese confort, muchos, que a su vez son también culturales, de percepcción subjetiva, y ésto es algo que cambiará lentamente, pero claro, acabará cambiando…¡eso espero por el bien de todos!

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