Andrés Celis

Apuntes, Blog, CCAD, Conversaciones

Tenía en mente desde hace tiempo redactar una entrada dedicada a aquellos profesores de la Escuela que, por unos motivos u otros, han llegado a formar parte de lo que soy como arquitecto y como persona. Tenía en mente intentar hablar en concreto con algunos de ellos para recordar las horas compartidas. Pero al final siempre se encuentran cosas que hacer, y las cosas se posponen demasiado.

Demasiado pronto nos ha dejado uno de los arquitectos de quien más grato recuerdo guardo de mis años en la Escuela de Valladolid. Ha fallecido Andrés Celis, y cuando he recibido la noticia en mi móvil, a mediodía, el día que ya era lluvioso y gris, no lo podía ser más.

Era un arquitecto sencillo. Un profesor sencillo. Una persona sencilla.

Me tocó en su curso, Proyectos III, en 4º curso, justo el año que repetí proyectos. Fue un año muy especial para mí, por diferentes motivos, pero especialmente porque, gracias a Andrés, empecé a comprender mi propia forma de abordar los proyectos. No exagero si digo que él sacó de mí todos los recursos de que ahora dispongo a la hora de enfrentarme con un proyecto nuevo. En sus clases disfrutábamos haciendo proyectos, no sólo el nuestro, sino el de nuestros compañeros, a quienes comentábamos, de quienes aprendíamos, de quienes recibíamos críticas. Él lo coordinaba todo con paciencia, nos dejaba hablar, nos iba guiando, nos obligaba a explicarle nuestro proyecto por sorpresa, sin haberlo preparado:

 

-Daniel, cuéntame cómo llevas tu proyecto.

-No, si yo no iba a corregir hoy….

-Me parece fenomenal, pero no te he preguntado eso. Ahí tienes un folio, y en la mano tienes un lápiz. Cuéntame tu proyecto, venga.

 

Y así, el proyecto se explicaba como se podía, y el despojarnos de frases preparadas, de rodeos y maquillajes calculados, nos hizo aprender lo importante de lo dibujado frente a lo interpretado. Con él aprendí que la palabra es necesaria, pero que la arquitectura no se puede explicar sólo con palabras. Y que los dibujos expresan mucho más de lo que creemos ver. Y así nos descubría nuestras vergüenzas tirando de las líneas por nosotros dibujadas, y nos íbamos dando cuenta de cuánto de proyecto y cuánto de cuento había en nuestras propuestas.

Todo esto lo hacía en un discurso siempre coherente. Con un respeto enorme por nuestro trabajo (siempre recordaba lo que le habíamos mostrado la semana anterior, por pequeño que fuera el cambio). Con un respeto envidiable por todo tipo de arquitectura, justificando siempre sus opiniones y dejando a un lado sus gustos y fobias personales.

Fue, sin duda, el año en que aprendí a proyectar. Fue el año en que aprendí a valorar el trabajo de los demás y a tomar sus opiniones como parte del proceso. Fue el año que mejor me lo pasé en la Escuela. Fue, sin duda alguna, el mejor profesor que he tenido.

Hasta luego, Andrés.

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