Lo que falta es optimismo

Apuntes, Blog, CCAD

Las líneas que vienen a continuación son resultado de haber visto este vídeo de la intervención de Santiago de Molina en el Pecha Kucha Coruña vol5. A pesar de que la comparación sonroje a Santiago, estimo oportuno suponer que si Sir Ken Robinson fuese arquitecto hubiera hecho un discurso muy parecido.

He titulado esta entrada “Lo que falta es optimismo” pero bien podría haber sido “lo que falta es pasión”, entendida ésta según la séptima acepción del DRAE: “7. f. Apetito o afición vehemente a algo”. Y a continuación me explico:

Durante nuestros años de aprendizaje en la Escuela se nos enseña, supuestamente, a canalizar la creatividad, aunque de forma errónea se dirige a todo alumno hacia un camino profesional único, lo cual como sabemos provoca no pocas frustraciones (muchas veces no tanto se canaliza como se cortan alas, dada la mediocridad de muchos profesores para quienes todo aquello que se salga de su vocabulario formal –exiguo, por lo general- no es válido, al confundir casi siempre forma con formalismo).

El caso es que de alguna manera se nos inculca que sólo se puede ser arquitecto si se desempeña la profesión de una manera muy concreta. Y no es esta una cuestión oportuna sólo en los tiempos que corren, ya que ni siquiera en épocas de bonanza todos los arquitectos pueden trabajar en la misma posición.

Abundando en el error, se ha convertido el concurso en el paradigma de la oportunidad creativa, y es aquí donde me detengo: ¿Por qué no se puede derrochar creatividad al diseñar una rampa de acceso a un edificio para adecuarlo a la normativa? ¿Por qué no al elegir la disposición del pavimento de un portal? ¿Por qué no (que alguien me lo explique) a la hora de establecer normativas, ordenanzas y leyes orgánicas, evitando que se conviertan en corsés o camisas de fuerza, cuando no en trampas o laberintos inescrutables? ¿Por qué limitar el radio de acción creativa sólo al hipotético caso, casi siempre remoto, de ganar un concurso?

La creatividad sólo se manifiesta cuando el que crea, diseña o proyecta, tiene ilusión por lo que hace, aunque tenga pocos medios. ¿Acaso es eso un problema? Por otro lado, la creatividad no se suma, sino que se multiplica y amplifica. Así, si ante un problema normativo, un arquitecto creativo se encuentra con un técnico creativo, que aporte y ayude a resolver el problema en lugar de echar una mano al cuello, los resultados no pueden ser nunca mediocres. Sólo hace falta tener ganas. Sólo hace falta tener pasión. Pero para tener ambos, hace falta un estado de optimismo. Pensar que lo que uno proyecta, es para que otro lo construya, y así cambiar la vida de otra(s) persona(s). Un simple escalón puede ser motivo suficiente.

Ser creativo es usar las herramientas de que se disponen (sean muchas, pocas, limitadas o no) de forma que aún con puntos de partida similares, los resultados sean siempre nuevos, pero nunca mediocres. Que las herramientas no supongan un problema, sino un simple medio para llegar a nuestro objetivo: crear o adaptar espacios a las personas que los usarán. Que no sean problemas, sino retos.

 

No se trata de tomárselo como un juego, sino de cogerlo con ganas y pasión. De tomarse el trabajo y la profesión con seriedad, pero con optimismo, como una oportunidad de hacer que el mundo sea un lugar mejor, aunque suene pueril, o precisamente porque algunas cosas nunca deberían sonar pueriles.

 

En un mundo gris, con un futuro oscuro tirando a negro, necesitamos optimismo para generar creatividad, y eso es una cosa muy seria.

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