Cambios de rasante

Apuntes, Blog, CCAD

Leo las diferentes notas de prensa (calcadas en todos los diarios) sobre la intervención (no lo voy a llamar performance) de Jaque en el pabellón de Barcelona de Mies, titulada “PHANTOM, Mies as rendered society”.

A la vista de las pocas imágenes que he podido ver y de las someras explicaciones del propio Jaque en las notas de prensa anteriormente citadas, insisto en que llamar performance a esa intervención es algo que no comparto (al menos es un término que yo entiendo de otro modo). En cualquier caso, visitar el pabellón con los trastos del sótano colocados en su posición relativa, como superposición de ambos mundos, no deja de parecerme una forma muy naïf de intentar provocar una mínima lectura crítica de algo que, sin embargo, puede dar para mucho.

Mies underground

Y es que es verdad que bajo rasante pasan cosas. “Que la mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda”, se decía hace tiempo (y muchos aún hoy lo practican). Y algo parecido ocurre en nuestra arquitectura. El motivo es muy sencillo: las necesidades de lo que se alberga bajo tierra poco tienen que ver con las que colocamos a la luz. Y no nos engañemos: eso de que total, no lo va a ver nadie, también influye. Pero es que se superponen dos lógicas muy diferentes, y de ahí nace el problema. Dos lógicas, diferentes funcionalidades, y dos modos muy distintos de afrontarlas.

Resulta que en la mayoría de las edificaciones, ya sean viviendas, oficinas, comercio o lo que fuere, dado que la normativa nos permite el truco de hacer casi un rascacielos invertido sin que compute edificabilidad (aquí es cuando a algunos se les pone el símbolo del euro en los ojos), pues aprovechamos todo lo que podemos. Pero los usos permitidos, por lo general, se limitan a cuartos de instalaciones (los justos, no me exageren) y aparcamiento, que suelen ser poco rentables per se, cuando no está (dicha rentabilidad) limitada por normativa (aquí es cuando al del símbolo del euro le cambia la cara y te dice que un enfoscado y sin pintar es un buen acabado para esos trasteros. Y que nada de pintar los números de las plazas tan grandes).

Pero entonces nos damos cuenta (los que hayáis diseñado un bloque de viviendas, grande o pequeño lo habréis comprobado) de que tenemos la obligación de hacer convivir dos mundos muy diferentes: el de las personas con el de las máquinas.

Y no encajamos nada bien, oigan.

Si añadimos los condicionantes dimensionales de una estructura normalita, de costes ajustados, nunca falla: un pilar en medio de una cocina, o en medio de un plaza de garaje. ¿Le viene mejor a la altura de la almohada?. Elija Usted.

Y por eso, porque al final lo bonito es lo que se ve, y lo otro lo tapamos como podemos, pues acabamos teniendo unos sótanos que, por muy bien que los limpiemos, siempre tienen granos, esquinas incómodas, recorridos nada intuitivos, techos muy bajos, unos tubos de ventilación talla válgame Dios, y la maniobrabilidad justita para aparcar el coche (crucemos los dedos). Y puertas de chapa muy feas, pero que cumplen el EI-120, y unas luminarias feísimas.

Y aún así, los pilares aparecen en las esquinas del salón.

 

Descubrir a estas alturas que en el sótano tenemos un trastero sucio y con humedades, resulta cómico. Pretender hacer una reflexión de ello puede ser productivo, pero ¿A quién le importa que el pabellón de Mies tenga un sótano al cual se accede por una trampilla? ¿De verdad el pabellón de Mies representa la sociedad?

Yo no lo creo, porque la arquitectura real tiene que acomodar lo que tiene bajo tierra y su huella se nota, aunque se intente disimular.

Es más: Ojalá la mayoría de la arquitectura fuera capaz de separar ambos mundos con soltura y sin tapujos. ¿Qué tiene de malo? Ojalá pudiéramos hacer una losa de 1m de canto para poder apear los pilares sobre rasante y ponerlos allá donde nos vinieran bien, sin afear nuestras estupendas plantas.

 

Hay grandes ejemplos de gente que sabe acomodar ambos mundos perfectamente. También hay ejemplos de grandes plantas sobre rasante de grandes arquitectos en cuyos garajes puede uno dejar varios kilos de pintura rozando paredes y pilares (cuando no se inundan cada vez que caen cuatro gotitas).


Es un tema que da para reflexionar, sin duda. Pero ni Mies, en su pabellón, representa a la sociedad (así, en general) ni Jaque descubre nada nuevo.

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