El espejo

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Llevaba un tiempo observando con cierta atención todos los rincones de los lugares que recorría en su quehacer diario. La posición del lavabo, el reflejo de la bombilla halógena en el espejo que le obligaba a girar un poco la cabeza hacia su izquierda y que se había convertido en una costumbre cada vez que se miraba en cualquier espejo. El giro de mano y antebrazo que hacía para apagar y encender la luz de la cocina sin cerrar la puerta. La extraña sensación de tiempo perdido mientras esperaba a que llegase el ascensor ante la puerta de su casa, y de la de sus vecinos. La triste escalera que nunca había usado y que le generaba una angustia incomprensible. Pensó que si hubiera ventanas quizá la usaría más a menudo.

Fue entonces, en ese preciso instante cuando cayó en la cuenta de que el espacio en el que se encontraba, había estado antes en la cabeza de otra persona. Una terrible duda se aferró a su pecho, ahogándole. ¿Eran sus actos consecuencia de los pensamientos de otra persona?.

Empezó a considerar la posibilidad de que nuestra forma de ser y actuar estuviera condicionada por el entorno, pero esto ponía al creador de los espacios que habitamos en un lugar muy peligroso: ¿eran capaces de modificar nuestro comportamiento, de aborregarnos, de impedirnos hacer ciertas cosas, de obligarnos a hacerlas de una manera concreta?

Pensó en cómo le gustaría que fueran algunos de esos espacios y notó cómo crecía en su interior la sensación de que los espacios están vivos en la medida en que los usamos, en la medida en que vivimos en ellos. Y si no los usamos, se mueren. Y con ellos, se muere algo de nosotros. Pensó que un espacio que no se usa es una experiencia perdida. Y que un espacio que nos obliga a modificar nuestra forma de usarlo se convertía en un paso atrás, en una pérdida de nuestra libertad. Pensó en un gato que se muerde la cola, en toda una cultura y una tradición de hacer las cosas de una manera porque siempre se han hecho igual, en no cambiarlas por miedo a aprender a hacer otras cosas, o las mismas pero de forma diferente, en no estar a gusto con las cosas pero no querer cambiarlas. Entonces el ascensor llegó, y con el ruido de las puertas deslizándose hacia los lados se vio en el espejo del fondo. Apretó el botón. Giró la cabeza un poco a su izquierda, y se fue.

 

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