Un paseo. Una esperanza.

Apuntes, Pintura, procesos, Textos

Hace unos meses recibí por sorpresa una llamada de mi buen amigo Kike (con k, de kilo), una de esas personas de las que había oído hablar bien antes de conocerle y que cuanto más tiempo pasa más me reafirmo en la primera sensación. Un culo inquieto que de vez en cuando se para a mirar a ver en qué otro charco se puede meter.

Me explicó, como pudo, cómo le llegaba ya el agua por las rodillas, y me propuso una colaboración en forma de cuadro para un proyecto sobre la arquitectura del cambio de siglo (del XIX al XX) y la del desarrollismo, en la ciudad de Valladolid (offtopic: no deja de ser curioso que alguien que no es de la ciudad esté haciendo tanto por la difusión de la arquitectura local).

Acrílico sobre papel 55x65cm. 2017.

 

En el mismo momento en que hablábamos sobre el tema tuve clara mi elección, y hace un tiempo que intento dejarme llevar por el primer impulso. Copio y pego el texto que redacté hace unos días una vez finalizado el cuadro que ilustra esta entrada y que forma parte de la exposición Continuo contraste*.

La elección del edificio de la esquina del Paseo de Zorrilla con el Camino de la Esperanza no ha sido casual, supongo. Lo considero un ejemplo claro de ese tipo de edificios de los que se dice que “hacen ciudad”, porque sabe perfectamente dónde está situado y desde un lenguaje sobrio y sin tapujos se adapta a su propia circunstancia con la naturalidad de quien siempre ha estado ahí.

Porque es un edificio que si no estuviera ahí, habría que hacerlo.

Es un edificio que yo siempre he visto desde el movimiento del coche o del autobús, de esos edificios puntos que se distinguen en la ruta, que marcan un hito. Un lugar que ves fugazmente pero que permanece ahí, siempre presente. Una eterna fugacidad.

Esto podría decirse de casi cualquier edificio, pero es que además es un edificio que nos presenta una disyuntiva. Creo que el 99% de las veces he pasado siempre del mismo lado, por el Pº Zorrilla, pero uno siempre se pregunta qué habrá por el otro camino.

Y creo que esa es la clave de la ciudad: la posibilidad. El rodeo. El ir por otro lado. El perderse. Y encontrarse gracias a elementos que fijan el territorio, que atan las calles, que se agarran a nuestra memoria y anclan nuestros recorridos.

Pintar este cuadro ha sido un ejercicio muy interesante para mí. Aparte de la reflexión sobre mi ciudad (aunque ya no viva allí, sigue siendo el lugar en el que más tiempo he pasado), y sobre un edificio que como he comentado siempre ha estado muy presente (a pesar de no estar cerca de ninguna de las zonas en las que he vivido, he pasado por delante innumerables ocasiones), me ha permitido seguir explorando mi pintura.
Sigo buscando mi lenguaje, a veces más sucio, más enrevesado, a veces más limpio y directo. Intento lograr la representación de lo real de forma no mimética pero sí realista, entendiendo el realismo como una percepción, no como una categoría: las cosas son, pero nosotros percibimos algo que no tiene por qué ser la realidad; si acaso la realidad es siempre subjetiva, personal, única. Sí… mientras pinto pienso en estas cosas. Me fascina la capacidad de nuestro cerebro para generar una imagen realista a partir de un amasijo de manchas de colores sobre un plano y me interesa mucho buscar el límite de lo que el ojo (el cerebro) es capaz de fundir e identificar como forma real antes de caer en lo abstracto. Mi objetivo sería una pintura pareidólica (si es que acaso no toda pintura lo es).

Aquí algunos detalles de la obra.

 

CONTINUO CONTRASTE, en La Gran, Claudio Moyano 16, 2º – Valladolid

+ Sigan a Kike en las redes, aunque solo sea por ser en incansable organizador del PechaKucha Valladolid. Y échenle un ojo al proyecto ArquitecturaVa.

++ La Gran: un enorme proyecto en un espacio chiquitito.

+++ En todo esto también anda metido Pedro. Un arquitecto, ciclista, gran fotógrafo, amigo de meterse en charcos también, inspirador de estas notas al pie en su blog.

++++ Beban agua del grifo. Ya lo entenderán.

+++++ Estas fotos son de mi propiedad, pero si quieren compartirlas, sólo hagan mención a este artículo como origen o a mí mismo como su autor.

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Pintensidad

Apuntes, Pintura, procesos

Creciendo. Acrílico sobre papel.

Creciendo. Acrílico sobre papel. Detalle


El otro día hablaba con un amigo sobre mis pinturas y le entró curiosidad sobre el proceso de creación. Yo le explicaba, entre trago y trago, que cada vez es diferente, aunque casi siempre es igual. No me entendió, como es natural, así que tuve que desarrollar el tema hasta ese punto en el que comenzó a mirar su móvil con disimulo, buscando desesperadamente un whatsapp que lo salvase. 

A veces, le comenté, el cuadro lo tienes en la cabeza desde antes de empezar. Hasta eliges el formato deliberadamente según esa idea que solo tú ves. Mucho más cuando estás trabajando una serie, claro. Otras veces es una referencia que te apetece explorar; una composición, unas formas, una paleta, un tema, un formato, un estilo…

En otras ocasiones es un salto sin red: no hay ideas preconcebidas (o al menos no de modo consciente), y te pones a pintar sin más.

En este punto vi que la atención de mi confesor empezaba a flaquear. Él se daba por satisfecho pero yo quería desarrollar más. El incauto cometió la torpeza de redundar de forma distraída en la cuestión al reconocer que no entendía por qué había dicho en un principio que, al final, siempre es igual. Hice un gesto al camarero para pedir otra ronda y me lancé.

Pintar es buscar, le dije muy convencido. Es buscar esa idea que estaba en tu cabeza y que al salir, como dice un amigo mío, se oxigena y se empieza a corromper, a degradar, a contaminar, a ser otra cosa. Y en ocasiones luchas para que se vuelva a parecer a lo que había en tu interior. Y en ocasiones la dejas evolucionar y mutar y mirarte a los ojos, provocadora, sabedora de su propia energía, que ya no es tuya, si acaso alguna vez lo fue.

A veces encuentras lo que buscas, y otras veces lo que encuentras es inesperado, o esperanzador, o desgarrador, o un requiebro insospechado. Un espejo. Un abismo.

A veces incluso duele.

Porque pintar es la forma más intensa de vivir.

En ese momento me di cuenta de que mi acompañante me daba por perdido y centraba su atención en otros asuntos, aunque yo solo podía pensar en ir corriendo a coger mis pinceles y mancharme las manos. Y eso es lo que no puedo dejar de pensar ahora mismo.

Error.

Apuntes, procesos

Pintar es aprender a gestionar el error

supongo que podríamos decir lo mismo de casi cualquier disciplina.
Aprender a controlar la técnica y los propios impulsos para que cuando sobrevenga el fallo -no si, sino cuando- podamos, con naturalidad, corregir y seguir avanzando.

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En El sol del membrillo podemos ver los tortuoso que puede llegar el proceso de producción de un cuadro, extensible a casi cualquier disciplina artística. Antonio López busca, y busca, y busca… cuando se da cuenta de lo que está buscando y de que aún no lo ha capturado, el membrillo que usa como excusa para lograrlo empieza a decaer. Y de nada servirán los apeos para sujetar las ramas, ya que el ritmo inexorable de la naturaleza, el verano que avanza, hará lo que tiene que hacer con el árbol, por mucho que éste se encuentre en el mismísimo patio del genial pintor.

Por eso me resulta un poco bochornoso que se aireen supuestos errores de grandes cuadros de la Historia. Como si ser un genio significase no poder equivocarse, cuando es justo la capacidad de enmendar los errores y convertirlos en otra cosa lo que los convierte en referencias. Ese airear intimidades que hubieran debido quedar en la cancha, entre el pintor, el lienzo y los aceites, tiene ciertos tintes de prensa rosa que, sinceramente, detesto. ¿Acaso no se sabía ya que muchos lienzos han sido reutilizados tras cuadros fallidos para luego pintar encima otra cosa?

Ahora va a resultar que cualquier paso dado por un artista, por un artesano, por cualquiera, puede quedar registrado del alguna manera, así que átense los machos, no nos vayan a mirar el historial de photoshop en el futuro*!
Otra cosa bien distinta es mostrar un proceso de trabajo, documento del cual podemos aprender mucho. Pero escarbar en las capas de pintura de un cuadro en busca de fallos, de manos corregidas, de animales que ahora están, ahora no… lo veo más bien como unas ganas de pillar en un renuncio a un grande.
Y es que mira que nos gusta derribar mitos.

Con lo que molan los mitos.


* Y que miren sólo el historial de photoshop, o el de Autocad, no vaya a ser que miren el del navegador de internet…

** Anímense a comentar, que para eso estamos. Y para compartir, si les ha gustado. Gracias por leer en cualquier caso.

De lo que hablo cuando hablo de pintar

Apuntes, Pintura, procesos, Textos

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el Pecha Kucha Night Vol 7 de Valladolid, organizado por el gran Kike.Y como no podía ser de otra manera, hablé de lo que hago, o de lo que más me gusta hacer, o de lo que creo que mejor sé hacer: pintar.
A continuación transcribo el guión que seguí (un poco retocado para hacerlo más legible).

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Lo cierto es que siempre he pintado, desde muy pequeñito. Siempre he estado rodeado de cuadernos, pinturas de cera, lápices de colores, acuarelas… Recuerdo el día que mi padre me llevó a una tienda llamada Tesela (hace tiempo cambiaron de local, en la misma calle), y me compró mi primer maletín de pintura: una caja de madera con mango de piel y cierres metálicos, llena de tubos de acuarela. Fue la primera vez que ví acuarela en tubos y no en pastilla. Lo siguiente que recuerdo es el olor de la acuarela al salir de esos tubos, y el olor de la caja…

Recuerdo que tendría unos 12 años y estaba en clase de historia, en el colegio. Estábamos viendo un documental, creo recordar que del renacimiento en Italia, y entonces salieron imágenes de pinturas (probablemente de Miguel Ángel) y me dí cuenta de que ¡no tenían líneas! El realismo venía de una serie de manchas aparentemente indefinidas pero muy bien colocadas. ¡Sin líneas que definieran los contornos! Yo estaba literalmente alucinando, escandalizado del descubrimiento que acababa de hacer, mientras el resto de mi clase se aburría.

Y empecé a darme cuenta de que en ocasiones, mientras miraba algo, mi cerebro imaginaba cómo pintarlo.

 

Pintar empezó a ser, sin darme cuenta, algo terapéutico. Y a la vez algo indispensable.
En algunas etapas de mi vida, por motivos variados, no he podido pintar ni acercarme a ver lo que otros pintaban y cuando he vuelto me he dado cuenta de lo íntimamente unido a mí que está el hecho de pintar y de cuánto lo necesitaba cuando no lo tenía.

Pintar, por otro lado, me ha enseñado algo muy importante: el error. En mi opinión uno no “sabe pintar” sino que más bien sabe prever el error y anticiparse para convertirlo en lo que uno quiere. Este es el motivo principal por el que creo y mantengo que a pintar se aprende. Vale que uno puede tener una inclinación innata (por decir de alguna manera) pero no nacemos aprendidos. Lo que pasa es que nos gusta pintar y probamos y probamos y fallamos y fallamos hasta que empezamos a aprender los mecanismos que nos permiten convertir el fallo en parte del cuadro. Es una simple cuestión de tiempo y atención a lo que se hace. Porque el error va a suceder sí o sí, y aprender a pintar es aprender a gestionar el margen de error que cada técnica te permite.

Otra cosa diferente es tener talento, y creo que hasta eso se puede trabajar desde cero. Pero no tengo argumentos para asegurarlo.

Sir Ken Robinson habla de estar en “el elemento”. Es ese estado en el que, sencillamente, todo encaja, y de repente uno se siente ligado a lo que está haciendo de una manera que es muy difícil de expresar con palabras. El tiempo, literalmente, deja de existir.  En ese momento soy capaz de ver lo que estoy pintando y lo que va a salir mientras pinto, como si viera el futuro…ya digo que es algo raro de explicar…
La primera vez en mi vida que fui consciente de lo que me había pasado fue pintando un cartel para un concurso, y lo gané. La segunda vez, fue haciendo un cómic y tuve una mención especial. Luego ha pasado más veces y he tenido resultados muy por encima de otros trabajos, de manera que identificar esta sensación ha sido muy importante para mí, para saber si lo que estoy haciendo realmente vale la pena. Es un buen aviso!

Por supuesto no quiero decir que cada vez que me pongo a pintar alcance ese estado, pero sí que, sin duda, lo busco. Y se aprende a encontrarlo, o a buscarlo. Sólo puedo recomendaros que busquéis la actividad que os haga encontrar esa sensación. Porque es una sensación que engancha.

Pintar es una forma de contar historias, pero sobre todo una forma de comprenderme a mí mismo. Porque para contar algo, primero tienes que tener algo que contar, pero además porque es indispensable cuestionarte eso que vas a contar, tu propia forma de ver el mundo. Por eso lo paso tan mal, aunque disimule, cuando expongo mis obras en una sala. Porque lo que expongo, no es sólo un papel pintado, sino mucho más, y a veces asusta pensar que las pinturas se puedan ir de la lengua y contar esos secretos de alcoba que crees saber sólo tú…

Otro aspecto que me resulta muy interesante del hecho de pintar es que, como os he dicho antes, voy pintando mientras miro por dónde voy y me voy fijando en casi todo lo que puedo. Pero lo realmente interesante de esto es que la mayoría de la gente no se pararía a mirar algo que yo, quizá, esté pintando mentalmente. Y sin embargo, luego, al ver el cuadro, recibes un montón de cumplidos por la belleza de esa imagen. ¡Si ya estaba allí! ¿No lo veíais?
Y, honestamente, no me siento tan especial como para ver lo que otros no ven…

El año pasado me animé a participar en el inktober, una iniciativa consistente en hacer un dibujo a tinta cada día durante el mes de octubre, con el simple objetivo de mejorar las habilidades y compartirlo en instagram. ¡Me enganchó! Me lo pasé tan bien que este año, desde el día 1 de enero, he empezado mi particular proyecto 365 de colgar cada día un dibujo a tinta, a lápiz, acuarela… Voy eligiendo una palabra cada semana para obligarme a pensar cómo ilustrar un concepto de siete maneras diferentes. Hay días me dan las tantas y no he hecho el dibujo del día, y tengo que coger las acuarelas de mi hijo, de 3 años…con esos inefables pinceles de Ikea…pero es que da igual con qué sea, el caso es no pasar un día sin coger un lápiz o un pincel.

Picasso decía, o dicen que decía, que la inspiración le tenía que encontrar trabajando. Y es una forma de decir que la inspiración no te encuentra a tí, la buscas tú. A veces desespera no encontrarla, pero con tesón y pasión, el hilo acaba por aparecer. Es un poco lo que comentaba más arriba de encontrar tu elemento y aprender a buscarlo.

Para mí pintar es algo esencial, supongo que algo que me define. Un sueño constante. Y tengo la suerte de tener al lado a una persona con un potencial y una inquietud impresionantes y que no deja de animarme a perseguir mi sueño aunque eso a veces suponga olvidarse un poco de los suyos. Poco a poco voy entendiendo que la clave está en tener siempre un sueño que perseguir, porque a veces, aunque sea solo un ratito, los sueños se dejan tocar.

Y si no, al menos, los puedo pintar.

Aquí, el enlace a la web donde podéis ver el vídeo de mi intervención.

 

Dibujar un pensamiento

arquitectura, Pintura, procesos

El tiempo que transcurre mientras nuestra mano traza una línea, el cerebro ya está procesando el siguiente paso, o quizá alguno más adelante. Y al ver la línea dibujada, vamos montando mentalmente un puzzle, entre lo imaginado, lo plasmado y lo que falta por reflejar.
De forma siempre incompleta. Siempre insuficiente. Porque en ese proceso, invariable en inevitablemente, se pierde información.

Croquis-vestibulo-01No existe dibujo capaz de reflejar exactamente un pensamiento. Si acaso, podremos acercarnos mucho, pero siempre será imperfecto.
Porque cada vez que pensamos un espacio, una figura, un objeto… lo volvemos a crear.
Añadimos y quitamos. Mejoramos. Pulimos y perfeccionamos. Incluso cuando no somos capaces de visualizar el cambio que estamos pensando, justo cuando tenemos la extraña sensación de estar haciéndolo bien.

Esa sensación de estar creando algo.

Pero los dibujos, por buenos que sean, no sienten.
Los dibujos, si son buenos, transmiten algo parecido a lo que el creador sentía.
Pero la única certeza es que nunca sabemos si de verdad estamos conectando con aquella sensación inicial, la que lo provoca todo.

Nos contentamos pensando que sí. Y cada uno completa el puzzle con sus propias piezas.

La didáctica de lo mutable

arquitectura, Lecturas, procesos

He estado releyendo un artículo de Ignacio Paricio para la revista AV publicado en el número 86 “Vivienda en detalle” en noviembre del año 2000, y no puedo dejar de pensar en que se podría volver a escribir hoy mismo sin cambiar ni una coma.
Sí, habéis leído bien… en un artículo de hace 14 años se evidenciaba que el modelo “estar y tres dormitorios” estaba obsoleto y que no respondía a los cambios que la sociedad iba acometiendo (porque los cambios, si somos optimistas, no se sufren: se hacen).

La casa que gira, y crece... (basado en la pintura de Paul Klee, La casa giratoria.

La casa que gira, y crece… (basado en la pintura de Paul Klee, La casa giratoria.

Las necesidades van cambiado, pero también cambian las posibilidades. No deja de ser paradójico que una persona soltera pueda tener mucho más dinero disponible para adquirir o alquilar su vivienda, en comparación con una familia de, pongamos 2 ó 3 hijos, aún cuando ambos padres tengan trabajo y sueldo. Se da así la incongruencia de que una persona, con una necesidad teórica de espacio mucho menor, pueda tener mucho más que una familia numerosa que sí lo necesite.

Por otro lado la forma de vivir de nuestra generación no es exactamente igual que la de nuestros padres. Pongamos un caso típico de familia con dos hijos: 4 personas, 4 horarios diferentes (viva la conciliación), 4 necesidades espaciales cambiantes y distintas…

Comentaba ya Paricio en su artículo el caso de un niño que dispone de una habitación de 8m2, que cuando pasa a ser joven se convierte en un apartamento (es dormitorio, sala de tv, sala de estudio y de reuniones) parásito de la vivienda con la que sólo comparte el baño y el frigorífico, pasando a ser una unidad habitacional casi completa. Completamente disfuncional, claro.

Cada vez más se fusionan los horarios de familia y de trabajo. No digamos los lugares, confundiéndose hasta la mímesis, viéndonos en la obligación de habilitar rincones de trabajo en dormitorios, en salones, en espacios residuales… Espacios de trabajo que se usan sólo unos minutos cada día (ese comercial que no tiene oficina pero que cada noche ha de enviar el resumen diario a la oficina central), espacios de trabajo que se usan a media jornada (ese autónomo que decide trabajar medio día en casa para compatibilizar su horario con el del niño que por la tarde no tiene cole), espacios de trabajo que se usan a jornada completa (incluidos fines de semana, excepto la comida familiar del domingo, para lo cual hemos de apartar los trastos y sacar un par de sillas de detrás del sofá), espacios de trabajo que no necesariamente son una mesa y un ordenador, sino mucho más complejos (cocina en casa, talleres de todo tipo, músicos que ensayan…).

¿Y qué podemos hacer los arquitectos en todo esto? En teoría, mucho. Bueno, digamos que la teoría ya está escrita, de hecho. Pero quienes tienen en realidad la llave para que el cambio de modelo de vivienda realmente llegue a materializarse (más allá de ejemplos concretos que acaban convirtiéndose en caricaturas, la mayor parte de las veces), la llave, decía, la tienen los promotores y los usuarios.

Para que ambos demanden del arquitecto la capacidad de proyectar espacios realmente fluidos y realmente adaptables a necesidades cambiantes, lo que es fundamental es que se comprenda que la arquitectura tiene esa capacidad, que no tiene por qué ser algo estático, fijo e inmutable.

Luego, eso sí,  se critica vehementemente a grandes multinacionales del mueble que proponen soluciones adaptables (y muy válidas en algunos casos) que los usuarios hacen suyas de inmediato.

La clave está en la capacidad didáctica.