Mudar

Apuntes

Mudar es cambiar, dejar algo atrás, abrirse a algo nuevo. Es tristeza, y también ilusión. Muchas cosas a la vez. Posiblemente ninguna de ellas. Y en cualquier caso, depende de quién lo experimente.

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Arquitectura y crítica

Blog, CCAD, Lecturas

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Hace unas semanas llegó a mis manos, gentileza de la editorial GG, un ejemplar de Arquitectura y crítica, de Josep María Montaner, en la que es su tercera edición, revisada.

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El libro me llegó coincidiendo con la entrevista a Alejandro Zaera en la que se hablaba, precisamente, sobre la ausencia de crítica en la actualidad arquitectónica, y de su supuesta necesidad. En otros foros, nombres destacados como Fredy Massad o José María Echarte (entre muchos), defendían la crítica arquitectónica como disciplina necesaria para poder mantener un control, aunque sea distante, de la producción arquitectónica.

La mejor crítica, por tanto, es la que concilia las consideraciones sobre el contenido con aquellas sobre la forma.

Este libro supone una base muy interesante para todo aquél que se quiera iniciar en los fundamentos de la crítica, o quizá más bien, como dice él mismo, en los fundamentos de las relaciones entre arquitectura y crítica.

No hay crítica sin teoría, pero tampoco tiene sentido la teoría sin la crítica de la obra. Es decir, la teoría arquitectónica no tienes sentido autónomamente, por sí misma; como discurso autónomo se convierte en un metalenguaje sin sentido.

Es una lectura relativamente fácil y entretenida, a lo largo de la cual pasaremos por personajes imprescindibles de la historia de la arquitectura, como Sigfried Giedion, Loos, Le Corbusier, Manfredo Tafuri y Colin Rowe, y llegando a contemporáneos como Koolhaas, Eisenman o Frampton. A lo largo del libro vamos pasando por diferentes corrientes de pensamiento y de crítica, y se van abriendo interrogantes que pretenden provocar en el lector la voluntad de decidir por una forma de interpretar la crítica u otra.

En todo caso, el trabajo de la crítica se dirige hacia la interpretación de una obra dentro de una realidad compleja e irreductible a unos pocos razonamientos o características.

Es una edición de bolsillo, muy cómoda de llevar y de manejar y con una maquetación muy sencilla y sobria que permite una lectura sin sobresaltos (aunque el diseño de la portada parece no estar a la altura de un libro de arquitectura que llega a su tercera edición).

ARQUITECTURA Y CRÍTICA, Josep María Montaner. Editorial Gustavo Gili SL.

lo que mata es la humedad 07

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Una línea. Una raya. un escalón,

Cuando uno se pregunta si pinta algo en una relación, es que algo va mal. Es que quizá hace tiempo que dejó de ir. Lo más probable es que ya vaya por otro lado. El tiro certero es el que nunca se ve venir, aunque veas que te apuntan. Yo no sé si me terminaré por ir. Quizá sólo me aleje sin moverme mucho del sitio. O quizá me vaya lejos, aunque desde lejos la perspectiva no mejora. Duele ver que valemos mucho, pero que servimos de poco. Cuanto más recortan la soga, más aprieta, y la falta de oxígeno conlleva delirios. Quizá me vaya. Casi seguro. Pero irse no siempre significa marcharse. Irse es alejarse lo suficiente como para que si te hablan, no les oigas. Aunque te vean. Podemos seguir corriendo para permanecer quietos, pero así lo único que conseguiremos es que se nos escape el suelo bajo nuestros pies y acabemos en nuestro propio hoyo. Acción e inacción. Un línea. La decisión. La oportunidad. La casualidad. La causalidad. Una patada en el culo. Deus ex machina. Lo que demonios sea. Me muevo. Me voy. Es el tren que avanza. O es el que cambian el decorado. Sigo aquí, sigo siendo el mismo, pero diferente. A veces para cambiar de aires basta con abrir la ventana.

Rico rico, y con fundamento

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Escucho atentamente a Jaume Prat en esta breve entrevista hecha por los alumnos de la ETSA La Salle (Barcelona)  y me detengo en esa comparación con el mundo de la cocina, y con la aparición de nombres como Ferrán Adriá, Arguiñano, José Andrés, etc, y la enorme influencia que, según él, han tenido en la aceptación por parte del público general de la necesidad de cocinar (y por tanto comer) mejor, sin que para ello hayan tenido que cambiar su altísimo nivel de trabajo y de excelencia.

Habla de la ausencia de arquitectos que hablen de arquitectura, que lleven la arquitectura a la sociedad de forma asequible, pero sin perder consistencia o intensidad en su discurso. Habla de que, ciertamente, la práctica mayoría de publicaciones (digitales y físicas) de arquitectura son, casi siempre de arquitectos y siempre para arquitectos (o iniciados, cuando menos).

arquitectura en la cocina

Y aquí es donde a mí me entra la duda. Creo que hay que acercar la arquitectura a la gente, pero ¿qué significa esto, realmente?. Lo que creo que hay que hacer es acercar la arquitectura a las necesidades de la gente.

La cocina no ha cambiado sólo por la irrupción en los medios de grandes cocineros. Eso es la consecuencia, sospecho, de una creciente necesidad de la población debida a varios factores. Por un lado, la evolución de la sociedad y la emancipación de la mujer del papel de ama de casa, que aprendía de su madre, y al que nunca se acercaba el hombre. La creciente movilidad física de la gente joven que se va a estudiar a la universidad lejos de su familia y necesita comer. Y el hecho de que desde hace años, en los colegios, se empezaran a tratar de inculcar hábitos saludables. Es decir: una modificación en el sistema educativo (enseñar conceptos básicos de nutrición) y un cambio social más o menos gradual, puede acabar generando la necesidad de querer cocinar bien y comer mejor.

La arquitectura no se enseña en los colegios, y sin embargo es algo que vamos a necesitar todos (arquitectos y no) durante toda nuestra vida. Aprendemos biología para poder explicarle al doctor qué nos duele. ¿Por qué no aprender a interpretar mínimamente la ciudad para saber qué exigir a los arquitectos? ¿Por qué no se explica en los colegios que los ciudadanos tienen un tiempo para ver y consultar el PGOU de su municipio y presentar las alegaciones que estimen oportunas, y así participar en el desarrollo de su ciudad?

Sostengo que la arquitectura debería explicarse por sí misma. Como no hace falta explicar la necesidad de la medicina,  pues sus resultados se explican por sí mismos. Y ellos tienen y necesitan sus congresos, sus publicaciones especializadas.

Llegados a este punto, querría comentar que el hecho de que casi la totalidad de lo que se escriba de y sobre arquitectura sea de arquitectos para arquitectos me parece lo más lógico. Lo que no quita que alguien sea capaz de hacer un programa de televisión en el que hable de arquitectura de forma generalista. ¿Cuánto creéis que tardaríamos en criticarlo por poco serio, poco riguroso?

No nos contentaríamos con nada.

Como diría Edgar… Y tú, mi estimado lector…¿Qué opinas?

De arte, artistas, artesanos y artefactos.

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Leo con atención la entrada de José Ramón Correa – Arquitectamos locos? y me dispongo a intentar elaborar una respuesta a una tesis que creo que tiene puntos acertados y otros no tanto. Será complejo y será denso. Es una reflexión llena de idas y vueltas…espero que me acompañéis.

"Desperdicia tu vida, sé un artista" - de Daquella Manera

“Desperdicia tu vida, sé un artista” – de Daquella Manera

Para empezar, apunta a la etimología de arte como prima hermana de artificial. Pero la etimología es ciencia endeble (significantes y significados evolucionan no siempre de forma paralela) y anticipando que es un juego que me encanta, en este caso querría hacer una aclaración. En mi modo de ver, cualquier artilugio (vuelta la burra al trigo) realizado por el hombre, en tanto que seres naturales como somos, no puede nunca ser considerado como algo no natural. Me explico: ¿Acaso la madriguera de un conejo es artificio? ¿El nido de una cigüeña en lo alto de un campanario? ¿Por qué hemos de considerar nuestros productos como artificiales, en contraposición a los productos de cualquier otro ser vivo?. Es un tema interesante.

Establecida esta premisa, para mí fundamental, creo que el arte es, sin ninguna duda, aquello que nos convierte en humanos. Así de grandilocuente. Y así de sencillo, porque en mi opinión el arte es una capacidad intelectual. Pero vayamos por partes.

Básicamente, lo que José Ramón quiere criticar es la pretenciosa y pretendida voluntad de ser artista, lo que parece molestarle especialmente en el caso de la arquitectura. Digamos que estamos estamos de acuerdo en lo esencial.

Habría mucho que hablar de lo que es el enorme problema del arte: su propia definición. Como ya he adelantado, en cuanto capacidad intelectual, el arte no tiene por qué ser comprensible para todos, ya que no todos tenemos las mismas aptitudes. Ni falta que hace. Podemos entender este problema analizándolo de este modo:

  • Por un lado tenemos el mercadeo del arte. Desde el invento del museo en su concepto moderno, el arte se convierte en un producto. Arte es aquello que se puede ver en un museo. Y proliferan los museos de todo tipo, hasta de las cosas más absurdas: Es la palabra museo la que manda. Si tal o cual obra ha estado expuesta en un museo, inmediatamente cobra valor. Y el éxito de un museo radica en que tenga visitas, por lo que se quiere hacer llegar a todo el mundo, aunque no entiendan nada (no es que les dé igual, es que lo prefieren: genera polémica y triunfarás). Y alrededor de todo ello, Don dinero.
  • La propia proliferación de museos y salas de arte (a la sazón, exactamente lo mismo aunque con menor valor), derivan en la necesidad de búsqueda de producción: son negocios. Aparece la figura del artista tal y como la conocemos hoy en día: el wannabe. El postureo. El “digo que soy artista y que lo hago es arte, y hago arte porque soy artista”. Porque yo lo valgo. Podemos dar las gracias a Marcel Duchamp y a quienes le encumbraron con su “para ser artista no basta con serlo: hay que parecerlo” (como los toreros, vaya) que más tarde otros como Dalí llevaron al límite. Hay que llenar las salas, hay que descubrir nuevos talentos. Hay que demostrar que sabemos más que nadie y que tenemos el mejor ojo. Y cuanto más hagamos que cuesten las obras, mejor. Competitividad.
  • Una consecuencia de estos dos puntos anteriores es la confusión (tan típica en nuestra sociedad moderna) de valor con coste. En la mayoría de los casos, el valor intrínseco de muchas obras no se corresponde en absoluto con el coste económico que supone su adquisición.

Uno sabe que va a empezar una película en el cine cuando suena la melodía de Movie Records. Nos ponemos cómodos en las butacas, y sabemos que vamos a ver una peli por cuya entrada hemos pagado. Hay una liturgia que nos predispone a lo que vamos a hacer. Y exactamente lo mismo sucede al disponernos a ver arte. Vamos con ganas de ver arte, y lo encontramos, porque se activa en nuestro cerebro un mecanismo de percepción motivada que nos predispone. ¿Es eso de ahí una feroz crítica al sistema o un simple extintor? Todo vale.

Ahora bien: ¿se puede hablar de arte en arquitectura?. Por supuesto que sí. Lo que sucede es que, al igual que en danza, música, literatura o interpretación, no todo es arte. Pero es que tampoco hace falta que todo sea arte. Un aspecto importante que se debe comprender es que los mecanismos de percepción no son universales. Es decir:  la forma de expresión del arte en cada disciplina obedece a unas leyes intrínsecas a cada una y la forma de percibirlo (de sentirlo) no tiene por qué valer para otra disciplina. Como no se conecta igual con una obra pictórica que con una pieza de música.

Se compone infinidad de música, pero no toda tiene cualidades artísticas. Se producen ingentes cantidades de material gráfico, pero no todo son obras de arte. Una caja metafísica de Oteiza y una figurilla decorativa son esculturas, sí. Pero…

Se tiende, además, a emplear las palabras arte/artista como culmen máximo de la pericia de un individuo: “Un artista del balón”. Se confunde belleza (o por lo menos excelencia) con arte, debido a la acepción de arte como “virtud, disposición y habilidad para hacer algo” (DRAE).

Porque otra cosa es la artesanía, la acepción de arte como oficio, a la que alude José Ramón en su texto y que contextualiza en un matiz de sinceridad y humildad frente al postureo del pretendido artista. Desde luego, no puede haber arte sin artesanía, sin buen hacer, sin buen oficio. Es condición sine qua non.

Es una palabra ambigua como pocas, sin duda.

Creo haber comentado en alguna ocasión que para mí el Arte es la capacidad intelectual de reproducir en un espectador una experiencia sensorial/emocional a través de elementos producidos a tal efecto. Entiendo el arte no como un objeto o un producto sino como una relación de conexión intelectual entre creador y espectador. Creo que sólo puede haber Arte cuando hay un creador consciente y un espectador dispuesto (aunque éste último no se aperciba de lo que está ocurriendo).

Sostengo que en arquitectura puede haber arte, pero no es necesario. Esa es la clave: ¿Es necesario que una obra arquitectónica tenga cualidades artísticas para ser buena arquitectura? Pues no. Rotundamente. No debemos confundir una obra bien ejecutada, con ángulos fotografiables, por mucho que otros arquitectos nos deleitemos con arrobo en ella, con arte.

La arquitectura tiene unas prioridades. Pero cumplidos los aspectos funcionales, normativos, técnicos y programáticos, si además a eso le sumamos la capacidad de conmover al usuario, en la medida en que el arquitecto lo haya pensado previamente para tal efecto, entonces tendremos Arquitectura, con “a” mayúscula.

Nótese que insisto en la necesidad de que el arte es un acto consciente del creador. Si no sólo sería una mera casualidad. Admirable, pero casual. Nunca arte.

El espejo

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Llevaba un tiempo observando con cierta atención todos los rincones de los lugares que recorría en su quehacer diario. La posición del lavabo, el reflejo de la bombilla halógena en el espejo que le obligaba a girar un poco la cabeza hacia su izquierda y que se había convertido en una costumbre cada vez que se miraba en cualquier espejo. El giro de mano y antebrazo que hacía para apagar y encender la luz de la cocina sin cerrar la puerta. La extraña sensación de tiempo perdido mientras esperaba a que llegase el ascensor ante la puerta de su casa, y de la de sus vecinos. La triste escalera que nunca había usado y que le generaba una angustia incomprensible. Pensó que si hubiera ventanas quizá la usaría más a menudo.

Cambios de rasante

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Leo las diferentes notas de prensa (calcadas en todos los diarios) sobre la intervención (no lo voy a llamar performance) de Jaque en el pabellón de Barcelona de Mies, titulada “PHANTOM, Mies as rendered society”.

A la vista de las pocas imágenes que he podido ver y de las someras explicaciones del propio Jaque en las notas de prensa anteriormente citadas, insisto en que llamar performance a esa intervención es algo que no comparto (al menos es un término que yo entiendo de otro modo). En cualquier caso, visitar el pabellón con los trastos del sótano colocados en su posición relativa, como superposición de ambos mundos, no deja de parecerme una forma muy naïf de intentar provocar una mínima lectura crítica de algo que, sin embargo, puede dar para mucho.

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Y es que es verdad que bajo rasante pasan cosas. “Que la mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda”, se decía hace tiempo (y muchos aún hoy lo practican). Y algo parecido ocurre en nuestra arquitectura. El motivo es muy sencillo: las necesidades de lo que se alberga bajo tierra poco tienen que ver con las que colocamos a la luz. Y no nos engañemos: eso de que total, no lo va a ver nadie, también influye. Pero es que se superponen dos lógicas muy diferentes, y de ahí nace el problema. Dos lógicas, diferentes funcionalidades, y dos modos muy distintos de afrontarlas.

Resulta que en la mayoría de las edificaciones, ya sean viviendas, oficinas, comercio o lo que fuere, dado que la normativa nos permite el truco de hacer casi un rascacielos invertido sin que compute edificabilidad (aquí es cuando a algunos se les pone el símbolo del euro en los ojos), pues aprovechamos todo lo que podemos. Pero los usos permitidos, por lo general, se limitan a cuartos de instalaciones (los justos, no me exageren) y aparcamiento, que suelen ser poco rentables per se, cuando no está (dicha rentabilidad) limitada por normativa (aquí es cuando al del símbolo del euro le cambia la cara y te dice que un enfoscado y sin pintar es un buen acabado para esos trasteros. Y que nada de pintar los números de las plazas tan grandes).

Pero entonces nos damos cuenta (los que hayáis diseñado un bloque de viviendas, grande o pequeño lo habréis comprobado) de que tenemos la obligación de hacer convivir dos mundos muy diferentes: el de las personas con el de las máquinas.

Y no encajamos nada bien, oigan.

Si añadimos los condicionantes dimensionales de una estructura normalita, de costes ajustados, nunca falla: un pilar en medio de una cocina, o en medio de un plaza de garaje. ¿Le viene mejor a la altura de la almohada?. Elija Usted.

Y por eso, porque al final lo bonito es lo que se ve, y lo otro lo tapamos como podemos, pues acabamos teniendo unos sótanos que, por muy bien que los limpiemos, siempre tienen granos, esquinas incómodas, recorridos nada intuitivos, techos muy bajos, unos tubos de ventilación talla válgame Dios, y la maniobrabilidad justita para aparcar el coche (crucemos los dedos). Y puertas de chapa muy feas, pero que cumplen el EI-120, y unas luminarias feísimas.

Y aún así, los pilares aparecen en las esquinas del salón.

 

Descubrir a estas alturas que en el sótano tenemos un trastero sucio y con humedades, resulta cómico. Pretender hacer una reflexión de ello puede ser productivo, pero ¿A quién le importa que el pabellón de Mies tenga un sótano al cual se accede por una trampilla? ¿De verdad el pabellón de Mies representa la sociedad?

Yo no lo creo, porque la arquitectura real tiene que acomodar lo que tiene bajo tierra y su huella se nota, aunque se intente disimular.

Es más: Ojalá la mayoría de la arquitectura fuera capaz de separar ambos mundos con soltura y sin tapujos. ¿Qué tiene de malo? Ojalá pudiéramos hacer una losa de 1m de canto para poder apear los pilares sobre rasante y ponerlos allá donde nos vinieran bien, sin afear nuestras estupendas plantas.

 

Hay grandes ejemplos de gente que sabe acomodar ambos mundos perfectamente. También hay ejemplos de grandes plantas sobre rasante de grandes arquitectos en cuyos garajes puede uno dejar varios kilos de pintura rozando paredes y pilares (cuando no se inundan cada vez que caen cuatro gotitas).


Es un tema que da para reflexionar, sin duda. Pero ni Mies, en su pabellón, representa a la sociedad (así, en general) ni Jaque descubre nada nuevo.

Confesiones: Mi problema con la arquitectura.

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Me pregunto a menudo por qué soy arquitecto, y nunca sé responder. No lo sé. Sólo sé que no me imagino siendo otra cosa, aunque esto no me aclara nada, y que sospecho que siempre lo he sido, aún sin saberlo, o quizá peor, sin creérmelo. Me veo a mí mismo con unos diez años, y un cuaderno de hojas cuadriculadas y mi estuche. En mi estuche, unas tijeras. Y en el cuaderno, los recortables que yo mismo dibujaba, coloreaba, recortaba y montaba. Supongo que fueron mis primeras maquetas, mis primeras arquitecturas efímeras. Me recuerdo intentando resolver cómo hacer el dibujo necesario para montar un tubo con giro a 90º para hacer el soporte de una canasta como las del patio de mi colegio, y buscando soluciones alternativas, y luego jugando con una pelotita en la cancha de papel. Recuerdo un tambor de detergente de los de antes, lleno hasta arriba de piezas de lego. Restos de castillos, aeropuertos, etc. que cada tarde se convertían en otros mundos. Juntando papeles con celo dibujaba un plano sobre el que situaba los edificios, pintando bosques, ríos, carreteras… Echando la vista atrás me doy cuenta de que siempre, desde que tengo recuerdos, he tenido un lápiz y un cuaderno a mano, y siempre he estado imaginando y recreando mundos y espacios en dibujos, en cómics, en acuarelas, con recortables, con lego, debajo de la mesa de casa de mis abuelos, o en el cajón del pupitre del colegio mientras explicaban mates, por ejemplo.

No sé por qué, pero recuerdo con bastante claridad una tarde, sentado en uno de los sillones del salón. Supongo que me sabía de memoria aquél capítulo de barrio sésamo y, distraído,  miraba el techo. Creo que oí algún ruido que provenía del piso de arriba y en ese momento me dí cuenta de que había un piso de arriba. Es decir: visualicé los tabiques y a mis vecinos pisando por encima de mi cabeza, y me puse a contar los pasos en el salón para compararlos con los del pasillo y darme cuenta de que entre el baño y el salón había muy poca distancia. ¿Qué habría en medio?.

Con unos doce años empecé a ir a una academia de dibujo y pintura a la cual acudían muchos alumnos de la escuela para superar análisis I y II. Lo cierto es que no les hacía mucho caso, ya que eran mayores y ellos a mí, si me miraban, era en todo caso para envidiar mi soltura con el lápiz (aunque al sentirme observado me temblaba un poco la mano y aprovechaba para sacar punta o limpiar la goma). Pero recuerdo la reacción del profesor, un gran pintor, al comentarle un cierto verano que iba a entrar en la escuela yo también: “¿Tú también, Daniel? Pero… ¿Por qué?”, con cierta decepción en el tono que no acerté a comprender.

Mi acercamiento a la arquitectura siempre ha sido desde lo gráfico, desde lo visual, desde lo compositivo y visceral. Igual que me gustan artistas muy dispares, porque su obra me induce sensaciones muy diferentes, me interesan arquitecturas teóricamente muy alejadas. Lo mismo me gusta Sienkiewicz que Jan, lo mismo Hopper que Tápies, Freud que Giacometti, Midnight Oil que Wim Mertens, Zaha o BIG que Siza o RCR.

“Contrastes y contradicciones, esta es nuestra armonía”, dijo Kandinsky.

Lamentablemente el paso por la escuela y posteriores experiencias profesionales han estado a punto de convencerme de que la razón es más importante que la sensación en cuanto a arquitectura se refiere…pero estoy reaccionando y volviendo a dejarme guiar por un instinto que, si bien no estoy seguro de que sea el correcto, sí es el que me hace sentir cómodo con lo que hago. Por eso es que camino por mi ciudad, o por cualquier ciudad del mundo, y mi mirada es más la del pintor que la del arquitecto. Creo que es un problema de identidad: me cuesta mucho identificar mi profesión, lo que me gustaría que fuese mi profesión, con lo que veo alrededor, con el marco en el que nos movemos.

No deja de desconcertarme el hecho de que mucha gente sea capaz de admirar un cuadro que representa una calle, pero incapaz de ver nada bello si camina por esa misma calle.

Ideas que merecen la pena

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El pasado viernes día 9 tuve la suerte de poder asistir a primer evento TEDx organizado en mi ciudad, Valladolid. Quizá los que no seáis de aquí o no conozcáis bien esta ciudad no lo comprendáis del todo, pero traer algo así a una ciudad como esta y que salga tan bien como salió es algo casi inaudito (en la ciudad que no llena el estadio cuando vienen Michael Jackson, o Depeche Mode, por poner algún ejemplo -bueno…el Valladolid Latino sí se llena-).

Quiero decir que es una ciudad difícil, básicamente porque el alma castellana (y esto vale para las nueve provincias) se caracteriza por una terquedad inmovilista, un miedo cerval al cambio, a lo nuevo y especialmente a lo foráneo.

TED no es sólo una forma de presentar contenidos dinámica y entusiasta, sino que la propia selección de los ponentes y los discursos tiene siempre un punto en común, más allá del mismo lema TED , ”Empowering people, changing communities”: La pasión.

Pero vayamos por partes…