Error

Apuntes

 

Pintar es aprender a gestionar el error

supongo que podríamos decir lo mismo de casi cualquier disciplina.
Aprender a controlar la técnica y los propios impulsos para que cuando sobrevenga el fallo -no si, sino cuando- podamos, con naturalidad, corregir y seguir avanzando.

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AY! WEIWEI

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La editorial GG publica en un volumen de bolsillo AI WEIWEI – Conversaciones, un pequeño libro con el que, a través de una serie de conversaciones/entrevistas realizadas por Hans Ulrich Obrist, podemos acercarnos a la figura de este artista chino que ha logrado situarse como referencia en el panorama mundial de los últimos años.

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He de reconocer que mi conocimiento acerca de Ai Weiwei hasta ahora se limitaba a su intervención en el Pabellón de Barcelona y a las noticias que poblaron nuestros medios cuando fue detenido y recluido por la policía china, por lo que acometido con muchas ganas la lectura de estas conversaciones.

A través de este libro he llegado a hacer una interpretación del personaje: Un tipo con indudable inquietud artística pero que se muestra en muchas de sus respuestas aparentemente desinteresado y frívolo, y en ocasiones incluso naíf. Lo que no quita que en otras ocasiones plantee ideas o esboce conceptos de forma muy certera.

Creo que la poesía sirve para mantener nuestro intelecto en el estado anterior a la racionalidad.

 

En palabras de Obrist, “La figura de Ai Weiwei me recuerda a la de los grandes artistas del Renacimiento. […] Este libro se publica como una muestra de apoyo hacia su persona y para celebrar las múltiples dimensiones de su trabajo”.

Si bien entiendo la segunda parte de la frase anterior, sospecho que la primera es, dejémoslo en ligeramente exagerada.

 

Ai Weiwei se muestra como una persona que va encontrándose las cosas sobre la marcha y que va tomando decisiones en cada momento, sin un plan definido (digo que se muestra así, no que realmente lo sea). Su forma de interpretar el arte y la arquitectura es, cuando menos, curiosa y aparentemente ligera. Un tipo extraño que, a mi parecer, explota muy conscientemente la etiqueta de “artista disidente chino”, en la que ni sobra ni falta ninguna palabra y que le define de forma lo suficientemente ambigua como para permitirle hacer lo que hace. En cualquier caso tengo la impresión de que si fuera “sólo” un “artista”, quizá su figura no tendría la repercusión que tiene. Pero es evidente que hablar de China sin reconocer la situación política sería negar una parte fundamental de la ecuación. Quizá estaría bien contrastar la repercusión que tiene en China la obra y las actuaciones de Weiwei.

La edición comprende 5 conversaciones diferentes reproducidas una a continuación de la otra. Quizá sería más productivo, a la hora de mostrar al personaje, hacer una revisión y eliminar o fundir preguntas y respuestas repetidas que hacen que la lectura, tal cual está dispuesto ahora, se haga en ocasiones repetitiva. 

 

Ilustración – Sunga Park

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El dibujo y la pintura, muchas veces, brillan más por lo que sugieren que por lo que cuentan. Y es en ese territorio indefinido donde surgen las historias, y en mucho casos, lo mejor de algunas obras (pictóricas, arquitectónicas, cinematográficas…)

 

Hoy os traigo unos ejemplos de Sunga Park, una ilustradora coreana que muestra su trabajo en flickr, tumblr y en facebook, además de la red Behance. Ni web, ni blog, ni nada. Sólo sus obras, que ya dicen bastante.
Os dejo con algunas muestras, pero no dejéis de visitar sus perfiles.

 

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De arte, artistas, artesanos y artefactos.

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Leo con atención la entrada de José Ramón Correa – Arquitectamos locos? y me dispongo a intentar elaborar una respuesta a una tesis que creo que tiene puntos acertados y otros no tanto. Será complejo y será denso. Es una reflexión llena de idas y vueltas…espero que me acompañéis.

"Desperdicia tu vida, sé un artista" - de Daquella Manera

“Desperdicia tu vida, sé un artista” – de Daquella Manera

Para empezar, apunta a la etimología de arte como prima hermana de artificial. Pero la etimología es ciencia endeble (significantes y significados evolucionan no siempre de forma paralela) y anticipando que es un juego que me encanta, en este caso querría hacer una aclaración. En mi modo de ver, cualquier artilugio (vuelta la burra al trigo) realizado por el hombre, en tanto que seres naturales como somos, no puede nunca ser considerado como algo no natural. Me explico: ¿Acaso la madriguera de un conejo es artificio? ¿El nido de una cigüeña en lo alto de un campanario? ¿Por qué hemos de considerar nuestros productos como artificiales, en contraposición a los productos de cualquier otro ser vivo?. Es un tema interesante.

Establecida esta premisa, para mí fundamental, creo que el arte es, sin ninguna duda, aquello que nos convierte en humanos. Así de grandilocuente. Y así de sencillo, porque en mi opinión el arte es una capacidad intelectual. Pero vayamos por partes.

Básicamente, lo que José Ramón quiere criticar es la pretenciosa y pretendida voluntad de ser artista, lo que parece molestarle especialmente en el caso de la arquitectura. Digamos que estamos estamos de acuerdo en lo esencial.

Habría mucho que hablar de lo que es el enorme problema del arte: su propia definición. Como ya he adelantado, en cuanto capacidad intelectual, el arte no tiene por qué ser comprensible para todos, ya que no todos tenemos las mismas aptitudes. Ni falta que hace. Podemos entender este problema analizándolo de este modo:

  • Por un lado tenemos el mercadeo del arte. Desde el invento del museo en su concepto moderno, el arte se convierte en un producto. Arte es aquello que se puede ver en un museo. Y proliferan los museos de todo tipo, hasta de las cosas más absurdas: Es la palabra museo la que manda. Si tal o cual obra ha estado expuesta en un museo, inmediatamente cobra valor. Y el éxito de un museo radica en que tenga visitas, por lo que se quiere hacer llegar a todo el mundo, aunque no entiendan nada (no es que les dé igual, es que lo prefieren: genera polémica y triunfarás). Y alrededor de todo ello, Don dinero.
  • La propia proliferación de museos y salas de arte (a la sazón, exactamente lo mismo aunque con menor valor), derivan en la necesidad de búsqueda de producción: son negocios. Aparece la figura del artista tal y como la conocemos hoy en día: el wannabe. El postureo. El “digo que soy artista y que lo hago es arte, y hago arte porque soy artista”. Porque yo lo valgo. Podemos dar las gracias a Marcel Duchamp y a quienes le encumbraron con su “para ser artista no basta con serlo: hay que parecerlo” (como los toreros, vaya) que más tarde otros como Dalí llevaron al límite. Hay que llenar las salas, hay que descubrir nuevos talentos. Hay que demostrar que sabemos más que nadie y que tenemos el mejor ojo. Y cuanto más hagamos que cuesten las obras, mejor. Competitividad.
  • Una consecuencia de estos dos puntos anteriores es la confusión (tan típica en nuestra sociedad moderna) de valor con coste. En la mayoría de los casos, el valor intrínseco de muchas obras no se corresponde en absoluto con el coste económico que supone su adquisición.

Uno sabe que va a empezar una película en el cine cuando suena la melodía de Movie Records. Nos ponemos cómodos en las butacas, y sabemos que vamos a ver una peli por cuya entrada hemos pagado. Hay una liturgia que nos predispone a lo que vamos a hacer. Y exactamente lo mismo sucede al disponernos a ver arte. Vamos con ganas de ver arte, y lo encontramos, porque se activa en nuestro cerebro un mecanismo de percepción motivada que nos predispone. ¿Es eso de ahí una feroz crítica al sistema o un simple extintor? Todo vale.

Ahora bien: ¿se puede hablar de arte en arquitectura?. Por supuesto que sí. Lo que sucede es que, al igual que en danza, música, literatura o interpretación, no todo es arte. Pero es que tampoco hace falta que todo sea arte. Un aspecto importante que se debe comprender es que los mecanismos de percepción no son universales. Es decir:  la forma de expresión del arte en cada disciplina obedece a unas leyes intrínsecas a cada una y la forma de percibirlo (de sentirlo) no tiene por qué valer para otra disciplina. Como no se conecta igual con una obra pictórica que con una pieza de música.

Se compone infinidad de música, pero no toda tiene cualidades artísticas. Se producen ingentes cantidades de material gráfico, pero no todo son obras de arte. Una caja metafísica de Oteiza y una figurilla decorativa son esculturas, sí. Pero…

Se tiende, además, a emplear las palabras arte/artista como culmen máximo de la pericia de un individuo: “Un artista del balón”. Se confunde belleza (o por lo menos excelencia) con arte, debido a la acepción de arte como “virtud, disposición y habilidad para hacer algo” (DRAE).

Porque otra cosa es la artesanía, la acepción de arte como oficio, a la que alude José Ramón en su texto y que contextualiza en un matiz de sinceridad y humildad frente al postureo del pretendido artista. Desde luego, no puede haber arte sin artesanía, sin buen hacer, sin buen oficio. Es condición sine qua non.

Es una palabra ambigua como pocas, sin duda.

Creo haber comentado en alguna ocasión que para mí el Arte es la capacidad intelectual de reproducir en un espectador una experiencia sensorial/emocional a través de elementos producidos a tal efecto. Entiendo el arte no como un objeto o un producto sino como una relación de conexión intelectual entre creador y espectador. Creo que sólo puede haber Arte cuando hay un creador consciente y un espectador dispuesto (aunque éste último no se aperciba de lo que está ocurriendo).

Sostengo que en arquitectura puede haber arte, pero no es necesario. Esa es la clave: ¿Es necesario que una obra arquitectónica tenga cualidades artísticas para ser buena arquitectura? Pues no. Rotundamente. No debemos confundir una obra bien ejecutada, con ángulos fotografiables, por mucho que otros arquitectos nos deleitemos con arrobo en ella, con arte.

La arquitectura tiene unas prioridades. Pero cumplidos los aspectos funcionales, normativos, técnicos y programáticos, si además a eso le sumamos la capacidad de conmover al usuario, en la medida en que el arquitecto lo haya pensado previamente para tal efecto, entonces tendremos Arquitectura, con “a” mayúscula.

Nótese que insisto en la necesidad de que el arte es un acto consciente del creador. Si no sólo sería una mera casualidad. Admirable, pero casual. Nunca arte.

Red | Coffee

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Impresionante el trabajo de RED | Hong Yi, una architecta y pintora nacida en Malasia que trabaja e imparte clases por medio mundo.

Pinta, como ella misma dice, pero no con pinceles precisamente…
Aquí os muestro una parte de una serie de obras realizadas con las trazas que deja una taza de café (tiene otros realizados con velas que deja arder hasta que se funden…). Impresionante.

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Podéis ver más trabajos en su web: http://www.redhongyi.com 

Todas las imágenes son (C) redhongyi.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Confesiones: Mi problema con la arquitectura.

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Me pregunto a menudo por qué soy arquitecto, y nunca sé responder. No lo sé. Sólo sé que no me imagino siendo otra cosa, aunque esto no me aclara nada, y que sospecho que siempre lo he sido, aún sin saberlo, o quizá peor, sin creérmelo. Me veo a mí mismo con unos diez años, y un cuaderno de hojas cuadriculadas y mi estuche. En mi estuche, unas tijeras. Y en el cuaderno, los recortables que yo mismo dibujaba, coloreaba, recortaba y montaba. Supongo que fueron mis primeras maquetas, mis primeras arquitecturas efímeras. Me recuerdo intentando resolver cómo hacer el dibujo necesario para montar un tubo con giro a 90º para hacer el soporte de una canasta como las del patio de mi colegio, y buscando soluciones alternativas, y luego jugando con una pelotita en la cancha de papel. Recuerdo un tambor de detergente de los de antes, lleno hasta arriba de piezas de lego. Restos de castillos, aeropuertos, etc. que cada tarde se convertían en otros mundos. Juntando papeles con celo dibujaba un plano sobre el que situaba los edificios, pintando bosques, ríos, carreteras… Echando la vista atrás me doy cuenta de que siempre, desde que tengo recuerdos, he tenido un lápiz y un cuaderno a mano, y siempre he estado imaginando y recreando mundos y espacios en dibujos, en cómics, en acuarelas, con recortables, con lego, debajo de la mesa de casa de mis abuelos, o en el cajón del pupitre del colegio mientras explicaban mates, por ejemplo.

No sé por qué, pero recuerdo con bastante claridad una tarde, sentado en uno de los sillones del salón. Supongo que me sabía de memoria aquél capítulo de barrio sésamo y, distraído,  miraba el techo. Creo que oí algún ruido que provenía del piso de arriba y en ese momento me dí cuenta de que había un piso de arriba. Es decir: visualicé los tabiques y a mis vecinos pisando por encima de mi cabeza, y me puse a contar los pasos en el salón para compararlos con los del pasillo y darme cuenta de que entre el baño y el salón había muy poca distancia. ¿Qué habría en medio?.

Con unos doce años empecé a ir a una academia de dibujo y pintura a la cual acudían muchos alumnos de la escuela para superar análisis I y II. Lo cierto es que no les hacía mucho caso, ya que eran mayores y ellos a mí, si me miraban, era en todo caso para envidiar mi soltura con el lápiz (aunque al sentirme observado me temblaba un poco la mano y aprovechaba para sacar punta o limpiar la goma). Pero recuerdo la reacción del profesor, un gran pintor, al comentarle un cierto verano que iba a entrar en la escuela yo también: “¿Tú también, Daniel? Pero… ¿Por qué?”, con cierta decepción en el tono que no acerté a comprender.

Mi acercamiento a la arquitectura siempre ha sido desde lo gráfico, desde lo visual, desde lo compositivo y visceral. Igual que me gustan artistas muy dispares, porque su obra me induce sensaciones muy diferentes, me interesan arquitecturas teóricamente muy alejadas. Lo mismo me gusta Sienkiewicz que Jan, lo mismo Hopper que Tápies, Freud que Giacometti, Midnight Oil que Wim Mertens, Zaha o BIG que Siza o RCR.

“Contrastes y contradicciones, esta es nuestra armonía”, dijo Kandinsky.

Lamentablemente el paso por la escuela y posteriores experiencias profesionales han estado a punto de convencerme de que la razón es más importante que la sensación en cuanto a arquitectura se refiere…pero estoy reaccionando y volviendo a dejarme guiar por un instinto que, si bien no estoy seguro de que sea el correcto, sí es el que me hace sentir cómodo con lo que hago. Por eso es que camino por mi ciudad, o por cualquier ciudad del mundo, y mi mirada es más la del pintor que la del arquitecto. Creo que es un problema de identidad: me cuesta mucho identificar mi profesión, lo que me gustaría que fuese mi profesión, con lo que veo alrededor, con el marco en el que nos movemos.

No deja de desconcertarme el hecho de que mucha gente sea capaz de admirar un cuadro que representa una calle, pero incapaz de ver nada bello si camina por esa misma calle.

Sobre imagen realista

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La irrupción de la fotografía cambió para siempre el curso de la historia de la pintura, eso es indudable. Es en ese preciso momento cuando uno cuantos pintores se dan cuenta de que la carga simbólica de lo representado se puede desligar de lo figurativo y que, yendo más allá, lo simbólico no tiene por qué estar directamente relacionado con algo físico o tangible. Es un resumen muy escueto de un proceso que llevó unos 20 ó 30 años.

Desde entonces son muchos los pintores que no han dejado de impresionarnos con su increíble destreza técnica para representar la realidad de forma hiperrealista. Este término resulta un tanto ambiguo: ¿Puede acaso nada ser “más que realista”? ¿Más real que la realidad?. Supongo que procede de un afán por encasillar a un cierto tipo de representación en un rango superior al realismo clásico. Y el error, creo, viene de equiparar la imagen fotográfica con lo real.

Estos pintores son, en realidad, fotorrealistas. Es decir: representan la realidad tal y como la veríamos en una imagen fotográfica, con el matiz de que nuestra percepción no es exactamente igual que lo que nos proporciona una cámara de fotos. Entre otras cosas porque se suelen utilizar ópticas que distorsionan la perspectiva (en angulares que nuestro sistema visual jamás podría percibir) y por no hablar de las manipulaciones cromáticas (intencionadas o no, desde el blanco y negro hasta las imágenes de alto rango dinámico). La cuestión es que identificamos esas pinturas como realistas o hiperrealistas, a pesar de que incluyen esas distorsiones de la cámara y de los sistemas de procesado de imagen, sólo porque estamos tan acostumbrados a verlas, que somos incapaces de disociar la relación de identidad. No en vano, ante una obra como las que ilustran este artículo, la expresión más escuchada sería que “parecen fotografías“.

Con los nuevos sistemas de representación y los que vendrán, es probable que siga evolucionando la representación gráfica realista hacia nuevas cotas (el 3d, el 4d, el holograma, etc). Habrá que estar atentos a ver qué derroteros toma.

 

Las obras que ilustran este artículo son del artista norteamericano Nathan Walsh

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Tras leer primero el artículo de Anatxu Zabalbeascoa, y luego el de N+1, la conversación ha ido derivando hacia un tema que a mí, personalmente, me resulta muy interesante: La arquitectura y el arte. El arquitecto como artista.

Una de las lecturas que uno saca de los artículos anteriores y de algunos comentarios dejados por los lectores, es que o se es arquitecto, o se va de artista. Muchos están de acuerdo en que el arquitecto no es un artista y que el que va de artista, no es ni lo uno ni lo otro.

A mí nunca me ha gustado la expresión “o conmigo, o contra mí”, ya que casi siempre hay un montón de posiciones intermedias, y este es un claro ejemplo de esto. No creo que la afirmación anterior sea cierta. Creo, firmemente, que el arquitecto puede llegar a hacer arte con su arquitectura, lo cual no quiere decir que todo lo que haga lo sea.

Estamos de acuerdo en que primero se deben satisfacer las necesidades del cliente, las normativas, cumplir presupuestos y plazos y hacer las cosas bien hechas, organizar bien la obra, ser conocedores de los cómos, los dóndes y los cuándos, etc, etc. Pero si bien esto no facilita el camino, tampoco impide que el resultado final tenga algo que ver con el arte. No se trata de ir de artistas por la vida (lo cual tampoco me parece tan mal…tanto como ir de descreído galopante), pero tampoco de negar una posibilidad de antemano. También hay quien opina que el hecho de obtener beneficio (y no sólo el económico) hace que no haya arte, sino otra cosa… Eso es también bastante discutible, desde mi punto de vista.

Creo que negar la capacidad artística de la arquitectura es como negársela a la pintura o a la música: una aberración. Luego podemos hacer con ello lo que queramos, la Sinfonía del Nuevo Mundo o un poco de Reggaeton. En eso está la gracia.