Belleza. Nada menos.

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Era una tarde de julio, sin una nube en el cielo. Una ligera brisa procedente del pinar cercano suavizaba el calor y el tiempo pasaba sin prisa entre carreras, sudor, pases, tiros a puerta y algún que otro gol. Al terminar, tras más de dos horas de partido bajo el sol, recogimos nuestras mochilas y nos encaminamos al apeadero para esperar al siguiente tren que nos llevaría de regreso. No teníamos prisa, estábamos relajados y era una apacible tarde de verano.

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CUATRO HORIZONTES. RONCHAMP.

arquitectura, Lecturas, Patrocinado

Cuatro autores. Cuatro visitantes. Cuatro puntos de vista. Cuatro horizontes.

En ocasiones, leer sobre arquitectura supone entrar en los pensamientos más íntimos de la persona que los escribe. Y si estamos ante un edificio religioso, este sentimiento se acentúa todavía más, pues nada más íntimo que la espiritualidad de cada uno. Sin embargo, John Christie consigue que leamos en apenas un rato una conversación a cuatro entre él mismo, John Berger y las monjas sor Telchilde Hinckley y sor Lucia Kuppens.

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Una conversación entre cuatro personas que comparten sus impresiones tras visitar la capilla de Notre Dame du Haute en Ronchamp en octubre de 2009. Primero nos relata cómo llegan al edificio, tanto en términos físicos (el recorrido que realizan cada día para llegar a la capilla) como el recorrido emocional e intelectual de cada uno, ya que algunos ya conocían el lugar y otros era la primera vez que lo visitaban. Esto, unido a las realidades de cada persona(je), nos presenta al protagonista principal del texto, que es la iglesia, y a través de ella, su autor: Le Corbusier.

Aparte de algunas curiosidades sobre el encargo, sobre el proceso de ejecución, etc. el texto nos enfrenta, de forma continua, con Le Corbusier y su capacidad para crear un espacio de una espiritualidad fuera de toda duda.

“cuando entras no tienes la sensación de estar en una caja geométrica, sino que es muchas, muchas cosas, pero ciertamente nunca una caja.”

Lo esencial, los colores, los materiales. Lo maternal. La relación entre LC y su madre, Marie. Y la Virgen. Y el interior, y el exterior. El azar, y los caprichosos agujeros por los que entra la luz como si fueran estrellas. La cueva, la oscuridad. El útero. La capilla roja.

“pone a la madre por encima de la cruz.”

 

Es una lectura agradable, breve, con la que se aprenden muchos matices de la obra y que permite abrirnos a una serie de puntos de vista muy interesantes tanto sobre la obra como sobre el autor de la misma.


Cuatro horizontes

Una visita a la capilla de Ronchamp de Le Corbusier

John Berger, John Christie, sor Techilde Hinckley, sor Lucia Kuppens

12 x 18 cm
96 páginas
Traducción de Pilar Vázquez
ISBN: 9788425228728
Rústica
2015

Jaume, entre otros arquitectos.

arquitectura, Personas

La primera vez que oí hablar de Jaume Prat fue en 2006, en una Barcelona de resaca tras el Fórum de las Culturas. Él había salido de MAP, el nombre con el que por entonces se conocía al estudio de Josep Lluís Mateo (ahora Mateo Arquitectura) apenas uno o dos meses antes de que yo aterrizase allí, como parte de una nueva hornada de jóvenes colaboradores. Era momento de cambios en el estudio tras el enorme esfuerzo que supuso el CCCB y el Hotel AC Forum con la torre de oficinas CZF.

Fue la primera vez que oí hablar de un compañero con auténtico respeto, con admiración y con, casi, devoción. Su fama le precedía, ya por entonces.

Pude conocerle un par de meses después, en una de las cenas de compañeros que hicimos (la primera para mí, claro – en el Out of china) a la que siempre acudían algunos “ex-map” y en las que hacíamos piña*. Reconozco que estaba muy intrigado. Y lo único que hice fue escucharle en sus conversaciones con otros veteranos del estudio (si habéis trabajado en estudios de cierta envergadura, queriendo o sin querer, se marcan las distancias entre novatos (daba igual de dónde vinieras) y veteranos -en Map, los novatos éramos los encargados de recoger donativos con un autobús-hucha para ir a comprar el desayuno los días que no estaba el jefe -oops!).

Cuando años más tarde le ví por las redes y conocí su blog, ya estaba dispuesto a leerle con ganas. Pero es que su blog, o web, o como demonios queráis llamarlo, es una de esas lecturas obligatorias que ningún estudiante o arquitecto o persona cabal, debería perderse.

Jaume sabe mucho de muchas cosas, pero es que además se informa y documenta muy bien antes de arrojar un manojo de palabras sobre la pantalla. No escribe por escribir, sino que utiliza su blog para ordenar ideas que de otra manera se quedarían en intuiciones dentro de su cabeza y eso se nota. Y además podemos leerlas. Gracias por eso, Jaume.

Su capacidad de relacionar temas, conceptos, de analizar hasta detalles insospechados, de hilar historias y acontecimientos en líneas temporales discontinuas, su ironía, su sabiduría, su valentía a la hora de tomar una posición, es sencillamente abrumadora. Y otra cosa muy importante y que es lo que más me gusta, la honestidad con la que reconoce sus propias incongruencias, sus propias contradicciones.

Su blog es uno de esos lugares en la red que puedes visitar cuando quieras, ya que los textos no suelen estar vinculados a eventos, o a acontecimientos concretos que lo hagan caducar. Al contrario, algunos de los artículos conviene leerlos repetidas veces, en diferentes momentos. Saborearlos. El artículo “Jodido autofocus” es impresionante. Literatura arquitectónica en estado puro. Uno de los pocos lugares donde leer crítica arquitectónica independiente, no crítica profesional, sino arquitectónica, ojo. Su forma de desgranar los proyectos…

Alguna vez he dicho que leer a Jaume me resulta tremendamente inspirador, que dan ganas de ponerse a hacer arquitectura para intentar acercarse a lo que él nos transmite con sus palabras. Que siga siendo así.

Id a leer Arquitectura, entre otras soluciones. Y también podéis descargar el ebook de scalae.


*Cabe destacar el increíble trabajo de selección que hace para el estudio la arquitecta Marta Cervelló. Una maquinaria de más de 20 personas tiene que funcionar bien sí o sí. Y en los dos años que pasé allí no hubo nunca un fallo en los engranajes. Mi recuerdo de Barcelona siempre estará unido a Vicky, Gonzalo, Ben, Ismael, Lucas, Adriana, Bianca, Paula, Joana, Enri, Marta, Boris, Markus, Arno, Xavi, Vicky L, Rafa, Yolanda, Jordi, Anna, Enric, Isabel, y por supuesto, Josep Lluís y Marta (y hasta tengo un recuerdo para los informáticos!).

De lo que hablo cuando hablo de pintar

Apuntes, Pintura, procesos, Textos

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el Pecha Kucha Night Vol 7 de Valladolid, organizado por el gran Kike.Y como no podía ser de otra manera, hablé de lo que hago, o de lo que más me gusta hacer, o de lo que creo que mejor sé hacer: pintar.
A continuación transcribo el guión que seguí (un poco retocado para hacerlo más legible).

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Lo cierto es que siempre he pintado, desde muy pequeñito. Siempre he estado rodeado de cuadernos, pinturas de cera, lápices de colores, acuarelas… Recuerdo el día que mi padre me llevó a una tienda llamada Tesela (hace tiempo cambiaron de local, en la misma calle), y me compró mi primer maletín de pintura: una caja de madera con mango de piel y cierres metálicos, llena de tubos de acuarela. Fue la primera vez que ví acuarela en tubos y no en pastilla. Lo siguiente que recuerdo es el olor de la acuarela al salir de esos tubos, y el olor de la caja…

Recuerdo que tendría unos 12 años y estaba en clase de historia, en el colegio. Estábamos viendo un documental, creo recordar que del renacimiento en Italia, y entonces salieron imágenes de pinturas (probablemente de Miguel Ángel) y me dí cuenta de que ¡no tenían líneas! El realismo venía de una serie de manchas aparentemente indefinidas pero muy bien colocadas. ¡Sin líneas que definieran los contornos! Yo estaba literalmente alucinando, escandalizado del descubrimiento que acababa de hacer, mientras el resto de mi clase se aburría.

Y empecé a darme cuenta de que en ocasiones, mientras miraba algo, mi cerebro imaginaba cómo pintarlo.

 

Pintar empezó a ser, sin darme cuenta, algo terapéutico. Y a la vez algo indispensable.
En algunas etapas de mi vida, por motivos variados, no he podido pintar ni acercarme a ver lo que otros pintaban y cuando he vuelto me he dado cuenta de lo íntimamente unido a mí que está el hecho de pintar y de cuánto lo necesitaba cuando no lo tenía.

Pintar, por otro lado, me ha enseñado algo muy importante: el error. En mi opinión uno no “sabe pintar” sino que más bien sabe prever el error y anticiparse para convertirlo en lo que uno quiere. Este es el motivo principal por el que creo y mantengo que a pintar se aprende. Vale que uno puede tener una inclinación innata (por decir de alguna manera) pero no nacemos aprendidos. Lo que pasa es que nos gusta pintar y probamos y probamos y fallamos y fallamos hasta que empezamos a aprender los mecanismos que nos permiten convertir el fallo en parte del cuadro. Es una simple cuestión de tiempo y atención a lo que se hace. Porque el error va a suceder sí o sí, y aprender a pintar es aprender a gestionar el margen de error que cada técnica te permite.

Otra cosa diferente es tener talento, y creo que hasta eso se puede trabajar desde cero. Pero no tengo argumentos para asegurarlo.

Sir Ken Robinson habla de estar en “el elemento”. Es ese estado en el que, sencillamente, todo encaja, y de repente uno se siente ligado a lo que está haciendo de una manera que es muy difícil de expresar con palabras. El tiempo, literalmente, deja de existir.  En ese momento soy capaz de ver lo que estoy pintando y lo que va a salir mientras pinto, como si viera el futuro…ya digo que es algo raro de explicar…
La primera vez en mi vida que fui consciente de lo que me había pasado fue pintando un cartel para un concurso, y lo gané. La segunda vez, fue haciendo un cómic y tuve una mención especial. Luego ha pasado más veces y he tenido resultados muy por encima de otros trabajos, de manera que identificar esta sensación ha sido muy importante para mí, para saber si lo que estoy haciendo realmente vale la pena. Es un buen aviso!

Por supuesto no quiero decir que cada vez que me pongo a pintar alcance ese estado, pero sí que, sin duda, lo busco. Y se aprende a encontrarlo, o a buscarlo. Sólo puedo recomendaros que busquéis la actividad que os haga encontrar esa sensación. Porque es una sensación que engancha.

Pintar es una forma de contar historias, pero sobre todo una forma de comprenderme a mí mismo. Porque para contar algo, primero tienes que tener algo que contar, pero además porque es indispensable cuestionarte eso que vas a contar, tu propia forma de ver el mundo. Por eso lo paso tan mal, aunque disimule, cuando expongo mis obras en una sala. Porque lo que expongo, no es sólo un papel pintado, sino mucho más, y a veces asusta pensar que las pinturas se puedan ir de la lengua y contar esos secretos de alcoba que crees saber sólo tú…

Otro aspecto que me resulta muy interesante del hecho de pintar es que, como os he dicho antes, voy pintando mientras miro por dónde voy y me voy fijando en casi todo lo que puedo. Pero lo realmente interesante de esto es que la mayoría de la gente no se pararía a mirar algo que yo, quizá, esté pintando mentalmente. Y sin embargo, luego, al ver el cuadro, recibes un montón de cumplidos por la belleza de esa imagen. ¡Si ya estaba allí! ¿No lo veíais?
Y, honestamente, no me siento tan especial como para ver lo que otros no ven…

El año pasado me animé a participar en el inktober, una iniciativa consistente en hacer un dibujo a tinta cada día durante el mes de octubre, con el simple objetivo de mejorar las habilidades y compartirlo en instagram. ¡Me enganchó! Me lo pasé tan bien que este año, desde el día 1 de enero, he empezado mi particular proyecto 365 de colgar cada día un dibujo a tinta, a lápiz, acuarela… Voy eligiendo una palabra cada semana para obligarme a pensar cómo ilustrar un concepto de siete maneras diferentes. Hay días me dan las tantas y no he hecho el dibujo del día, y tengo que coger las acuarelas de mi hijo, de 3 años…con esos inefables pinceles de Ikea…pero es que da igual con qué sea, el caso es no pasar un día sin coger un lápiz o un pincel.

Picasso decía, o dicen que decía, que la inspiración le tenía que encontrar trabajando. Y es una forma de decir que la inspiración no te encuentra a tí, la buscas tú. A veces desespera no encontrarla, pero con tesón y pasión, el hilo acaba por aparecer. Es un poco lo que comentaba más arriba de encontrar tu elemento y aprender a buscarlo.

Para mí pintar es algo esencial, supongo que algo que me define. Un sueño constante. Y tengo la suerte de tener al lado a una persona con un potencial y una inquietud impresionantes y que no deja de animarme a perseguir mi sueño aunque eso a veces suponga olvidarse un poco de los suyos. Poco a poco voy entendiendo que la clave está en tener siempre un sueño que perseguir, porque a veces, aunque sea solo un ratito, los sueños se dejan tocar.

Y si no, al menos, los puedo pintar.

Aquí, el enlace a la web donde podéis ver el vídeo de mi intervención.

 

Dibujar un pensamiento

arquitectura, Pintura, procesos

El tiempo que transcurre mientras nuestra mano traza una línea, el cerebro ya está procesando el siguiente paso, o quizá alguno más adelante. Y al ver la línea dibujada, vamos montando mentalmente un puzzle, entre lo imaginado, lo plasmado y lo que falta por reflejar.
De forma siempre incompleta. Siempre insuficiente. Porque en ese proceso, invariable en inevitablemente, se pierde información.

Croquis-vestibulo-01No existe dibujo capaz de reflejar exactamente un pensamiento. Si acaso, podremos acercarnos mucho, pero siempre será imperfecto.
Porque cada vez que pensamos un espacio, una figura, un objeto… lo volvemos a crear.
Añadimos y quitamos. Mejoramos. Pulimos y perfeccionamos. Incluso cuando no somos capaces de visualizar el cambio que estamos pensando, justo cuando tenemos la extraña sensación de estar haciéndolo bien.

Esa sensación de estar creando algo.

Pero los dibujos, por buenos que sean, no sienten.
Los dibujos, si son buenos, transmiten algo parecido a lo que el creador sentía.
Pero la única certeza es que nunca sabemos si de verdad estamos conectando con aquella sensación inicial, la que lo provoca todo.

Nos contentamos pensando que sí. Y cada uno completa el puzzle con sus propias piezas.

La didáctica de lo mutable

arquitectura, Lecturas, procesos

He estado releyendo un artículo de Ignacio Paricio para la revista AV publicado en el número 86 “Vivienda en detalle” en noviembre del año 2000, y no puedo dejar de pensar en que se podría volver a escribir hoy mismo sin cambiar ni una coma.
Sí, habéis leído bien… en un artículo de hace 14 años se evidenciaba que el modelo “estar y tres dormitorios” estaba obsoleto y que no respondía a los cambios que la sociedad iba acometiendo (porque los cambios, si somos optimistas, no se sufren: se hacen).

La casa que gira, y crece... (basado en la pintura de Paul Klee, La casa giratoria.

La casa que gira, y crece… (basado en la pintura de Paul Klee, La casa giratoria.

Las necesidades van cambiado, pero también cambian las posibilidades. No deja de ser paradójico que una persona soltera pueda tener mucho más dinero disponible para adquirir o alquilar su vivienda, en comparación con una familia de, pongamos 2 ó 3 hijos, aún cuando ambos padres tengan trabajo y sueldo. Se da así la incongruencia de que una persona, con una necesidad teórica de espacio mucho menor, pueda tener mucho más que una familia numerosa que sí lo necesite.

Por otro lado la forma de vivir de nuestra generación no es exactamente igual que la de nuestros padres. Pongamos un caso típico de familia con dos hijos: 4 personas, 4 horarios diferentes (viva la conciliación), 4 necesidades espaciales cambiantes y distintas…

Comentaba ya Paricio en su artículo el caso de un niño que dispone de una habitación de 8m2, que cuando pasa a ser joven se convierte en un apartamento (es dormitorio, sala de tv, sala de estudio y de reuniones) parásito de la vivienda con la que sólo comparte el baño y el frigorífico, pasando a ser una unidad habitacional casi completa. Completamente disfuncional, claro.

Cada vez más se fusionan los horarios de familia y de trabajo. No digamos los lugares, confundiéndose hasta la mímesis, viéndonos en la obligación de habilitar rincones de trabajo en dormitorios, en salones, en espacios residuales… Espacios de trabajo que se usan sólo unos minutos cada día (ese comercial que no tiene oficina pero que cada noche ha de enviar el resumen diario a la oficina central), espacios de trabajo que se usan a media jornada (ese autónomo que decide trabajar medio día en casa para compatibilizar su horario con el del niño que por la tarde no tiene cole), espacios de trabajo que se usan a jornada completa (incluidos fines de semana, excepto la comida familiar del domingo, para lo cual hemos de apartar los trastos y sacar un par de sillas de detrás del sofá), espacios de trabajo que no necesariamente son una mesa y un ordenador, sino mucho más complejos (cocina en casa, talleres de todo tipo, músicos que ensayan…).

¿Y qué podemos hacer los arquitectos en todo esto? En teoría, mucho. Bueno, digamos que la teoría ya está escrita, de hecho. Pero quienes tienen en realidad la llave para que el cambio de modelo de vivienda realmente llegue a materializarse (más allá de ejemplos concretos que acaban convirtiéndose en caricaturas, la mayor parte de las veces), la llave, decía, la tienen los promotores y los usuarios.

Para que ambos demanden del arquitecto la capacidad de proyectar espacios realmente fluidos y realmente adaptables a necesidades cambiantes, lo que es fundamental es que se comprenda que la arquitectura tiene esa capacidad, que no tiene por qué ser algo estático, fijo e inmutable.

Luego, eso sí,  se critica vehementemente a grandes multinacionales del mueble que proponen soluciones adaptables (y muy válidas en algunos casos) que los usuarios hacen suyas de inmediato.

La clave está en la capacidad didáctica.

De arte, artistas, artesanos y artefactos.

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Leo con atención la entrada de José Ramón Correa – Arquitectamos locos? y me dispongo a intentar elaborar una respuesta a una tesis que creo que tiene puntos acertados y otros no tanto. Será complejo y será denso. Es una reflexión llena de idas y vueltas…espero que me acompañéis.

"Desperdicia tu vida, sé un artista" - de Daquella Manera

“Desperdicia tu vida, sé un artista” – de Daquella Manera

Para empezar, apunta a la etimología de arte como prima hermana de artificial. Pero la etimología es ciencia endeble (significantes y significados evolucionan no siempre de forma paralela) y anticipando que es un juego que me encanta, en este caso querría hacer una aclaración. En mi modo de ver, cualquier artilugio (vuelta la burra al trigo) realizado por el hombre, en tanto que seres naturales como somos, no puede nunca ser considerado como algo no natural. Me explico: ¿Acaso la madriguera de un conejo es artificio? ¿El nido de una cigüeña en lo alto de un campanario? ¿Por qué hemos de considerar nuestros productos como artificiales, en contraposición a los productos de cualquier otro ser vivo?. Es un tema interesante.

Establecida esta premisa, para mí fundamental, creo que el arte es, sin ninguna duda, aquello que nos convierte en humanos. Así de grandilocuente. Y así de sencillo, porque en mi opinión el arte es una capacidad intelectual. Pero vayamos por partes.

Básicamente, lo que José Ramón quiere criticar es la pretenciosa y pretendida voluntad de ser artista, lo que parece molestarle especialmente en el caso de la arquitectura. Digamos que estamos estamos de acuerdo en lo esencial.

Habría mucho que hablar de lo que es el enorme problema del arte: su propia definición. Como ya he adelantado, en cuanto capacidad intelectual, el arte no tiene por qué ser comprensible para todos, ya que no todos tenemos las mismas aptitudes. Ni falta que hace. Podemos entender este problema analizándolo de este modo:

  • Por un lado tenemos el mercadeo del arte. Desde el invento del museo en su concepto moderno, el arte se convierte en un producto. Arte es aquello que se puede ver en un museo. Y proliferan los museos de todo tipo, hasta de las cosas más absurdas: Es la palabra museo la que manda. Si tal o cual obra ha estado expuesta en un museo, inmediatamente cobra valor. Y el éxito de un museo radica en que tenga visitas, por lo que se quiere hacer llegar a todo el mundo, aunque no entiendan nada (no es que les dé igual, es que lo prefieren: genera polémica y triunfarás). Y alrededor de todo ello, Don dinero.
  • La propia proliferación de museos y salas de arte (a la sazón, exactamente lo mismo aunque con menor valor), derivan en la necesidad de búsqueda de producción: son negocios. Aparece la figura del artista tal y como la conocemos hoy en día: el wannabe. El postureo. El “digo que soy artista y que lo hago es arte, y hago arte porque soy artista”. Porque yo lo valgo. Podemos dar las gracias a Marcel Duchamp y a quienes le encumbraron con su “para ser artista no basta con serlo: hay que parecerlo” (como los toreros, vaya) que más tarde otros como Dalí llevaron al límite. Hay que llenar las salas, hay que descubrir nuevos talentos. Hay que demostrar que sabemos más que nadie y que tenemos el mejor ojo. Y cuanto más hagamos que cuesten las obras, mejor. Competitividad.
  • Una consecuencia de estos dos puntos anteriores es la confusión (tan típica en nuestra sociedad moderna) de valor con coste. En la mayoría de los casos, el valor intrínseco de muchas obras no se corresponde en absoluto con el coste económico que supone su adquisición.

Uno sabe que va a empezar una película en el cine cuando suena la melodía de Movie Records. Nos ponemos cómodos en las butacas, y sabemos que vamos a ver una peli por cuya entrada hemos pagado. Hay una liturgia que nos predispone a lo que vamos a hacer. Y exactamente lo mismo sucede al disponernos a ver arte. Vamos con ganas de ver arte, y lo encontramos, porque se activa en nuestro cerebro un mecanismo de percepción motivada que nos predispone. ¿Es eso de ahí una feroz crítica al sistema o un simple extintor? Todo vale.

Ahora bien: ¿se puede hablar de arte en arquitectura?. Por supuesto que sí. Lo que sucede es que, al igual que en danza, música, literatura o interpretación, no todo es arte. Pero es que tampoco hace falta que todo sea arte. Un aspecto importante que se debe comprender es que los mecanismos de percepción no son universales. Es decir:  la forma de expresión del arte en cada disciplina obedece a unas leyes intrínsecas a cada una y la forma de percibirlo (de sentirlo) no tiene por qué valer para otra disciplina. Como no se conecta igual con una obra pictórica que con una pieza de música.

Se compone infinidad de música, pero no toda tiene cualidades artísticas. Se producen ingentes cantidades de material gráfico, pero no todo son obras de arte. Una caja metafísica de Oteiza y una figurilla decorativa son esculturas, sí. Pero…

Se tiende, además, a emplear las palabras arte/artista como culmen máximo de la pericia de un individuo: “Un artista del balón”. Se confunde belleza (o por lo menos excelencia) con arte, debido a la acepción de arte como “virtud, disposición y habilidad para hacer algo” (DRAE).

Porque otra cosa es la artesanía, la acepción de arte como oficio, a la que alude José Ramón en su texto y que contextualiza en un matiz de sinceridad y humildad frente al postureo del pretendido artista. Desde luego, no puede haber arte sin artesanía, sin buen hacer, sin buen oficio. Es condición sine qua non.

Es una palabra ambigua como pocas, sin duda.

Creo haber comentado en alguna ocasión que para mí el Arte es la capacidad intelectual de reproducir en un espectador una experiencia sensorial/emocional a través de elementos producidos a tal efecto. Entiendo el arte no como un objeto o un producto sino como una relación de conexión intelectual entre creador y espectador. Creo que sólo puede haber Arte cuando hay un creador consciente y un espectador dispuesto (aunque éste último no se aperciba de lo que está ocurriendo).

Sostengo que en arquitectura puede haber arte, pero no es necesario. Esa es la clave: ¿Es necesario que una obra arquitectónica tenga cualidades artísticas para ser buena arquitectura? Pues no. Rotundamente. No debemos confundir una obra bien ejecutada, con ángulos fotografiables, por mucho que otros arquitectos nos deleitemos con arrobo en ella, con arte.

La arquitectura tiene unas prioridades. Pero cumplidos los aspectos funcionales, normativos, técnicos y programáticos, si además a eso le sumamos la capacidad de conmover al usuario, en la medida en que el arquitecto lo haya pensado previamente para tal efecto, entonces tendremos Arquitectura, con “a” mayúscula.

Nótese que insisto en la necesidad de que el arte es un acto consciente del creador. Si no sólo sería una mera casualidad. Admirable, pero casual. Nunca arte.

El espejo

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Llevaba un tiempo observando con cierta atención todos los rincones de los lugares que recorría en su quehacer diario. La posición del lavabo, el reflejo de la bombilla halógena en el espejo que le obligaba a girar un poco la cabeza hacia su izquierda y que se había convertido en una costumbre cada vez que se miraba en cualquier espejo. El giro de mano y antebrazo que hacía para apagar y encender la luz de la cocina sin cerrar la puerta. La extraña sensación de tiempo perdido mientras esperaba a que llegase el ascensor ante la puerta de su casa, y de la de sus vecinos. La triste escalera que nunca había usado y que le generaba una angustia incomprensible. Pensó que si hubiera ventanas quizá la usaría más a menudo.

Cambios de rasante

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Leo las diferentes notas de prensa (calcadas en todos los diarios) sobre la intervención (no lo voy a llamar performance) de Jaque en el pabellón de Barcelona de Mies, titulada “PHANTOM, Mies as rendered society”.

A la vista de las pocas imágenes que he podido ver y de las someras explicaciones del propio Jaque en las notas de prensa anteriormente citadas, insisto en que llamar performance a esa intervención es algo que no comparto (al menos es un término que yo entiendo de otro modo). En cualquier caso, visitar el pabellón con los trastos del sótano colocados en su posición relativa, como superposición de ambos mundos, no deja de parecerme una forma muy naïf de intentar provocar una mínima lectura crítica de algo que, sin embargo, puede dar para mucho.

Mies underground

Y es que es verdad que bajo rasante pasan cosas. “Que la mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda”, se decía hace tiempo (y muchos aún hoy lo practican). Y algo parecido ocurre en nuestra arquitectura. El motivo es muy sencillo: las necesidades de lo que se alberga bajo tierra poco tienen que ver con las que colocamos a la luz. Y no nos engañemos: eso de que total, no lo va a ver nadie, también influye. Pero es que se superponen dos lógicas muy diferentes, y de ahí nace el problema. Dos lógicas, diferentes funcionalidades, y dos modos muy distintos de afrontarlas.

Resulta que en la mayoría de las edificaciones, ya sean viviendas, oficinas, comercio o lo que fuere, dado que la normativa nos permite el truco de hacer casi un rascacielos invertido sin que compute edificabilidad (aquí es cuando a algunos se les pone el símbolo del euro en los ojos), pues aprovechamos todo lo que podemos. Pero los usos permitidos, por lo general, se limitan a cuartos de instalaciones (los justos, no me exageren) y aparcamiento, que suelen ser poco rentables per se, cuando no está (dicha rentabilidad) limitada por normativa (aquí es cuando al del símbolo del euro le cambia la cara y te dice que un enfoscado y sin pintar es un buen acabado para esos trasteros. Y que nada de pintar los números de las plazas tan grandes).

Pero entonces nos damos cuenta (los que hayáis diseñado un bloque de viviendas, grande o pequeño lo habréis comprobado) de que tenemos la obligación de hacer convivir dos mundos muy diferentes: el de las personas con el de las máquinas.

Y no encajamos nada bien, oigan.

Si añadimos los condicionantes dimensionales de una estructura normalita, de costes ajustados, nunca falla: un pilar en medio de una cocina, o en medio de un plaza de garaje. ¿Le viene mejor a la altura de la almohada?. Elija Usted.

Y por eso, porque al final lo bonito es lo que se ve, y lo otro lo tapamos como podemos, pues acabamos teniendo unos sótanos que, por muy bien que los limpiemos, siempre tienen granos, esquinas incómodas, recorridos nada intuitivos, techos muy bajos, unos tubos de ventilación talla válgame Dios, y la maniobrabilidad justita para aparcar el coche (crucemos los dedos). Y puertas de chapa muy feas, pero que cumplen el EI-120, y unas luminarias feísimas.

Y aún así, los pilares aparecen en las esquinas del salón.

 

Descubrir a estas alturas que en el sótano tenemos un trastero sucio y con humedades, resulta cómico. Pretender hacer una reflexión de ello puede ser productivo, pero ¿A quién le importa que el pabellón de Mies tenga un sótano al cual se accede por una trampilla? ¿De verdad el pabellón de Mies representa la sociedad?

Yo no lo creo, porque la arquitectura real tiene que acomodar lo que tiene bajo tierra y su huella se nota, aunque se intente disimular.

Es más: Ojalá la mayoría de la arquitectura fuera capaz de separar ambos mundos con soltura y sin tapujos. ¿Qué tiene de malo? Ojalá pudiéramos hacer una losa de 1m de canto para poder apear los pilares sobre rasante y ponerlos allá donde nos vinieran bien, sin afear nuestras estupendas plantas.

 

Hay grandes ejemplos de gente que sabe acomodar ambos mundos perfectamente. También hay ejemplos de grandes plantas sobre rasante de grandes arquitectos en cuyos garajes puede uno dejar varios kilos de pintura rozando paredes y pilares (cuando no se inundan cada vez que caen cuatro gotitas).


Es un tema que da para reflexionar, sin duda. Pero ni Mies, en su pabellón, representa a la sociedad (así, en general) ni Jaque descubre nada nuevo.