Belleza. Nada menos.

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Era una tarde de julio, sin una nube en el cielo. Una ligera brisa procedente del pinar cercano suavizaba el calor y el tiempo pasaba sin prisa entre carreras, sudor, pases, tiros a puerta y algún que otro gol. Al terminar, tras más de dos horas de partido bajo el sol, recogimos nuestras mochilas y nos encaminamos al apeadero para esperar al siguiente tren que nos llevaría de regreso. No teníamos prisa, estábamos relajados y era una apacible tarde de verano.

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De arte, artistas, artesanos y artefactos.

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Leo con atención la entrada de José Ramón Correa – Arquitectamos locos? y me dispongo a intentar elaborar una respuesta a una tesis que creo que tiene puntos acertados y otros no tanto. Será complejo y será denso. Es una reflexión llena de idas y vueltas…espero que me acompañéis.

"Desperdicia tu vida, sé un artista" - de Daquella Manera

“Desperdicia tu vida, sé un artista” – de Daquella Manera

Para empezar, apunta a la etimología de arte como prima hermana de artificial. Pero la etimología es ciencia endeble (significantes y significados evolucionan no siempre de forma paralela) y anticipando que es un juego que me encanta, en este caso querría hacer una aclaración. En mi modo de ver, cualquier artilugio (vuelta la burra al trigo) realizado por el hombre, en tanto que seres naturales como somos, no puede nunca ser considerado como algo no natural. Me explico: ¿Acaso la madriguera de un conejo es artificio? ¿El nido de una cigüeña en lo alto de un campanario? ¿Por qué hemos de considerar nuestros productos como artificiales, en contraposición a los productos de cualquier otro ser vivo?. Es un tema interesante.

Establecida esta premisa, para mí fundamental, creo que el arte es, sin ninguna duda, aquello que nos convierte en humanos. Así de grandilocuente. Y así de sencillo, porque en mi opinión el arte es una capacidad intelectual. Pero vayamos por partes.

Básicamente, lo que José Ramón quiere criticar es la pretenciosa y pretendida voluntad de ser artista, lo que parece molestarle especialmente en el caso de la arquitectura. Digamos que estamos estamos de acuerdo en lo esencial.

Habría mucho que hablar de lo que es el enorme problema del arte: su propia definición. Como ya he adelantado, en cuanto capacidad intelectual, el arte no tiene por qué ser comprensible para todos, ya que no todos tenemos las mismas aptitudes. Ni falta que hace. Podemos entender este problema analizándolo de este modo:

  • Por un lado tenemos el mercadeo del arte. Desde el invento del museo en su concepto moderno, el arte se convierte en un producto. Arte es aquello que se puede ver en un museo. Y proliferan los museos de todo tipo, hasta de las cosas más absurdas: Es la palabra museo la que manda. Si tal o cual obra ha estado expuesta en un museo, inmediatamente cobra valor. Y el éxito de un museo radica en que tenga visitas, por lo que se quiere hacer llegar a todo el mundo, aunque no entiendan nada (no es que les dé igual, es que lo prefieren: genera polémica y triunfarás). Y alrededor de todo ello, Don dinero.
  • La propia proliferación de museos y salas de arte (a la sazón, exactamente lo mismo aunque con menor valor), derivan en la necesidad de búsqueda de producción: son negocios. Aparece la figura del artista tal y como la conocemos hoy en día: el wannabe. El postureo. El “digo que soy artista y que lo hago es arte, y hago arte porque soy artista”. Porque yo lo valgo. Podemos dar las gracias a Marcel Duchamp y a quienes le encumbraron con su “para ser artista no basta con serlo: hay que parecerlo” (como los toreros, vaya) que más tarde otros como Dalí llevaron al límite. Hay que llenar las salas, hay que descubrir nuevos talentos. Hay que demostrar que sabemos más que nadie y que tenemos el mejor ojo. Y cuanto más hagamos que cuesten las obras, mejor. Competitividad.
  • Una consecuencia de estos dos puntos anteriores es la confusión (tan típica en nuestra sociedad moderna) de valor con coste. En la mayoría de los casos, el valor intrínseco de muchas obras no se corresponde en absoluto con el coste económico que supone su adquisición.

Uno sabe que va a empezar una película en el cine cuando suena la melodía de Movie Records. Nos ponemos cómodos en las butacas, y sabemos que vamos a ver una peli por cuya entrada hemos pagado. Hay una liturgia que nos predispone a lo que vamos a hacer. Y exactamente lo mismo sucede al disponernos a ver arte. Vamos con ganas de ver arte, y lo encontramos, porque se activa en nuestro cerebro un mecanismo de percepción motivada que nos predispone. ¿Es eso de ahí una feroz crítica al sistema o un simple extintor? Todo vale.

Ahora bien: ¿se puede hablar de arte en arquitectura?. Por supuesto que sí. Lo que sucede es que, al igual que en danza, música, literatura o interpretación, no todo es arte. Pero es que tampoco hace falta que todo sea arte. Un aspecto importante que se debe comprender es que los mecanismos de percepción no son universales. Es decir:  la forma de expresión del arte en cada disciplina obedece a unas leyes intrínsecas a cada una y la forma de percibirlo (de sentirlo) no tiene por qué valer para otra disciplina. Como no se conecta igual con una obra pictórica que con una pieza de música.

Se compone infinidad de música, pero no toda tiene cualidades artísticas. Se producen ingentes cantidades de material gráfico, pero no todo son obras de arte. Una caja metafísica de Oteiza y una figurilla decorativa son esculturas, sí. Pero…

Se tiende, además, a emplear las palabras arte/artista como culmen máximo de la pericia de un individuo: “Un artista del balón”. Se confunde belleza (o por lo menos excelencia) con arte, debido a la acepción de arte como “virtud, disposición y habilidad para hacer algo” (DRAE).

Porque otra cosa es la artesanía, la acepción de arte como oficio, a la que alude José Ramón en su texto y que contextualiza en un matiz de sinceridad y humildad frente al postureo del pretendido artista. Desde luego, no puede haber arte sin artesanía, sin buen hacer, sin buen oficio. Es condición sine qua non.

Es una palabra ambigua como pocas, sin duda.

Creo haber comentado en alguna ocasión que para mí el Arte es la capacidad intelectual de reproducir en un espectador una experiencia sensorial/emocional a través de elementos producidos a tal efecto. Entiendo el arte no como un objeto o un producto sino como una relación de conexión intelectual entre creador y espectador. Creo que sólo puede haber Arte cuando hay un creador consciente y un espectador dispuesto (aunque éste último no se aperciba de lo que está ocurriendo).

Sostengo que en arquitectura puede haber arte, pero no es necesario. Esa es la clave: ¿Es necesario que una obra arquitectónica tenga cualidades artísticas para ser buena arquitectura? Pues no. Rotundamente. No debemos confundir una obra bien ejecutada, con ángulos fotografiables, por mucho que otros arquitectos nos deleitemos con arrobo en ella, con arte.

La arquitectura tiene unas prioridades. Pero cumplidos los aspectos funcionales, normativos, técnicos y programáticos, si además a eso le sumamos la capacidad de conmover al usuario, en la medida en que el arquitecto lo haya pensado previamente para tal efecto, entonces tendremos Arquitectura, con “a” mayúscula.

Nótese que insisto en la necesidad de que el arte es un acto consciente del creador. Si no sólo sería una mera casualidad. Admirable, pero casual. Nunca arte.

El espejo

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Llevaba un tiempo observando con cierta atención todos los rincones de los lugares que recorría en su quehacer diario. La posición del lavabo, el reflejo de la bombilla halógena en el espejo que le obligaba a girar un poco la cabeza hacia su izquierda y que se había convertido en una costumbre cada vez que se miraba en cualquier espejo. El giro de mano y antebrazo que hacía para apagar y encender la luz de la cocina sin cerrar la puerta. La extraña sensación de tiempo perdido mientras esperaba a que llegase el ascensor ante la puerta de su casa, y de la de sus vecinos. La triste escalera que nunca había usado y que le generaba una angustia incomprensible. Pensó que si hubiera ventanas quizá la usaría más a menudo.

Cambios de rasante

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Leo las diferentes notas de prensa (calcadas en todos los diarios) sobre la intervención (no lo voy a llamar performance) de Jaque en el pabellón de Barcelona de Mies, titulada “PHANTOM, Mies as rendered society”.

A la vista de las pocas imágenes que he podido ver y de las someras explicaciones del propio Jaque en las notas de prensa anteriormente citadas, insisto en que llamar performance a esa intervención es algo que no comparto (al menos es un término que yo entiendo de otro modo). En cualquier caso, visitar el pabellón con los trastos del sótano colocados en su posición relativa, como superposición de ambos mundos, no deja de parecerme una forma muy naïf de intentar provocar una mínima lectura crítica de algo que, sin embargo, puede dar para mucho.

Mies underground

Y es que es verdad que bajo rasante pasan cosas. “Que la mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda”, se decía hace tiempo (y muchos aún hoy lo practican). Y algo parecido ocurre en nuestra arquitectura. El motivo es muy sencillo: las necesidades de lo que se alberga bajo tierra poco tienen que ver con las que colocamos a la luz. Y no nos engañemos: eso de que total, no lo va a ver nadie, también influye. Pero es que se superponen dos lógicas muy diferentes, y de ahí nace el problema. Dos lógicas, diferentes funcionalidades, y dos modos muy distintos de afrontarlas.

Resulta que en la mayoría de las edificaciones, ya sean viviendas, oficinas, comercio o lo que fuere, dado que la normativa nos permite el truco de hacer casi un rascacielos invertido sin que compute edificabilidad (aquí es cuando a algunos se les pone el símbolo del euro en los ojos), pues aprovechamos todo lo que podemos. Pero los usos permitidos, por lo general, se limitan a cuartos de instalaciones (los justos, no me exageren) y aparcamiento, que suelen ser poco rentables per se, cuando no está (dicha rentabilidad) limitada por normativa (aquí es cuando al del símbolo del euro le cambia la cara y te dice que un enfoscado y sin pintar es un buen acabado para esos trasteros. Y que nada de pintar los números de las plazas tan grandes).

Pero entonces nos damos cuenta (los que hayáis diseñado un bloque de viviendas, grande o pequeño lo habréis comprobado) de que tenemos la obligación de hacer convivir dos mundos muy diferentes: el de las personas con el de las máquinas.

Y no encajamos nada bien, oigan.

Si añadimos los condicionantes dimensionales de una estructura normalita, de costes ajustados, nunca falla: un pilar en medio de una cocina, o en medio de un plaza de garaje. ¿Le viene mejor a la altura de la almohada?. Elija Usted.

Y por eso, porque al final lo bonito es lo que se ve, y lo otro lo tapamos como podemos, pues acabamos teniendo unos sótanos que, por muy bien que los limpiemos, siempre tienen granos, esquinas incómodas, recorridos nada intuitivos, techos muy bajos, unos tubos de ventilación talla válgame Dios, y la maniobrabilidad justita para aparcar el coche (crucemos los dedos). Y puertas de chapa muy feas, pero que cumplen el EI-120, y unas luminarias feísimas.

Y aún así, los pilares aparecen en las esquinas del salón.

 

Descubrir a estas alturas que en el sótano tenemos un trastero sucio y con humedades, resulta cómico. Pretender hacer una reflexión de ello puede ser productivo, pero ¿A quién le importa que el pabellón de Mies tenga un sótano al cual se accede por una trampilla? ¿De verdad el pabellón de Mies representa la sociedad?

Yo no lo creo, porque la arquitectura real tiene que acomodar lo que tiene bajo tierra y su huella se nota, aunque se intente disimular.

Es más: Ojalá la mayoría de la arquitectura fuera capaz de separar ambos mundos con soltura y sin tapujos. ¿Qué tiene de malo? Ojalá pudiéramos hacer una losa de 1m de canto para poder apear los pilares sobre rasante y ponerlos allá donde nos vinieran bien, sin afear nuestras estupendas plantas.

 

Hay grandes ejemplos de gente que sabe acomodar ambos mundos perfectamente. También hay ejemplos de grandes plantas sobre rasante de grandes arquitectos en cuyos garajes puede uno dejar varios kilos de pintura rozando paredes y pilares (cuando no se inundan cada vez que caen cuatro gotitas).


Es un tema que da para reflexionar, sin duda. Pero ni Mies, en su pabellón, representa a la sociedad (así, en general) ni Jaque descubre nada nuevo.

A pie de calle

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Al caminar por las calles de cualquier barrio de casi cualquier ciudad de nuestro entorno, si tengo tiempo para hacerlo, me gusta ir mirando las tiendas que pueblan los bajos de los edificios. Una panadería, una tienda de ropa para niños, una papelería, una óptica, una frutería, un supermercado, una mercería, una farmacia, un bar, un banco, una peluquería, una tienda ordenadores, una librería, una tienda de ropa, otra más…